Introducción a la vida devota – Quinta parte

Introducción a la vida devota, Quinta parte – Una guía espiritual escrita por San Francisco de Sales en el siglo XVII – Formato Audio y Texto

Introducción a la vida devota - Quinta parte

La Quinta Parte de la Introducción a la vida devota, escrita por San Francisco de Sales a principios del siglo XVII, ofrece una serie de ejercicios y avisos para renovar el alma y confirmarla en la devoción. En esta sección final de su célebre obra, el santo obispo de Ginebra enseña cómo mantener vivo el fervor espiritual y perseverar en los buenos propósitos, mediante la práctica anual de unos ejercicios de renovación.

San Francisco comienza insistiendo en la importancia de renovar cada año la consagración y las resoluciones hechas a Dios, escogiendo para ello una fecha significativa, como el aniversario del bautismo o de la primera entrega al divino servicio. Propone dedicar unos días al retiro y al examen profundo del estado del alma, para reavivar el deseo de agradar a Dios y crecer en su amor.

El primer paso de estos ejercicios es considerar la grandeza del beneficio recibido al ser llamados por Dios a una vida de piedad, meditando su bondad y misericordia para con nosotros. Luego, conviene examinar cómo hemos correspondido a esa gracia, repasando las faltas cometidas y los progresos realizados en el camino de la virtud.

Para avivar el fervor, San Francisco propone cinco consideraciones: sobre la excelencia de nuestra alma, creada a imagen de Dios; sobre la hermosura de las virtudes; sobre el ejemplo de los santos; sobre el amor que Cristo nos tiene; y sobre el amor eterno que Dios nos ha manifestado. Cada una de ellas va acompañada de afectos y resoluciones para abrazar con nuevo ardor la vida devota.

Después de estos ejercicios, el santo recomienda hacer una confesión general o extraordinaria, para purificar el alma de los pecados pasados y renovar el propósito de no ofender más a Dios. También aconseja recibir la sagrada comunión con especial devoción, uniéndose íntimamente a Jesucristo.

Otros medios que sugiere para perseverar en la devoción son: la fidelidad a la oración y los sacramentos; el recurso a un buen director espiritual; la lectura de libros piadosos; la práctica de la presencia de Dios; y el ejercicio de las virtudes, especialmente la humildad y la caridad.

San Francisco concluye su obra con tres avisos importantes. Primero, que no hay que inquietarse por las sequedades o desolaciones espirituales, sino perseverar con paciencia en el bien obrar. Segundo, que es normal experimentar altibajos en el fervor sensible, pero lo importante es mantener una voluntad firme de agradar a Dios. Y tercero, que si a pesar de todo se recae en alguna falta, no hay que desanimarse, sino levantarse con confianza y reemprender el camino con nuevo brío.


Introducción a la vida devota – Quinta parte

La Quinta Parte de la Introducción a la vida devota ofrece un valioso programa para renovar cada año la consagración a Dios y el compromiso con la santidad. San Francisco de Sales, con su habitual sabiduría y dulzura, enseña a mantener siempre vivo el deseo de amar y servir al Señor, superando los obstáculos con la gracia divina. Sus consejos, fruto de una profunda experiencia espiritual, siguen siendo una guía luminosa para quienes aspiran a la perfección cristiana en medio del mundo.

Introducción a la vida devota – Quinta parte

Quinta parte:

Ejercicios y avisos para renovar el alma y confirmarla en la devoción

CAPÍTULO I QUE CADA AÑO CONVIENE RENOVAR LOS BUENOS PROPÓSITOS CON LOS EJERCICIOS SIGUIENTES

El punto capital de estos ejercicios consiste en reconocer de verdad su importancia. Nuestra humana naturaleza decae fácilmente de sus buenos afectos, a causa de la fragilidad y de la mala inclinación de nuestra carne, que gravita sobre nuestra alma y siempre la arrastra hacia abajo, si ella no se eleva con frecuencia, a fuerza de resolución; de la misma manera que las aves caen continuamente, si no multiplican el ímpetu y el aleteo para mantenerse en el aire. Por esta causa, amada Filotea, tienes necesidad de renovar y repetir con mucha frecuencia los buenos propósitos que has hecho de servir a Dios, pues, de no hacerlo, corres el peligro de caer en el primitivo estado o en otro peor; porque las caídas espirituales son de tal naturaleza, que siempre nos precipitan más abajo del estado desde el cual nos habíamos elevado hacia la devoción.

No hay reloj, por bueno que sea, al que no tengamos que dar cuerda dos veces al día, por la mañana y por la noche; además, es menester, a lo menos una vez al año, desmontar todas sus piezas, para sacar el orín que en ellas se haya formado, enderezar las torcidas y reparar las ya gastadas. Así, el que tiene verdadero cuidado de su corazón, ha de elevarlo hacia Dios, por la mañana y por la noche, con los ejercicios más arriba indicados, y, aparte de esto, ha de considerar muchas veces su estado, enderezarlo y arreglarlo; finalmente, a lo menos una vez al año, ha de desmontar y examinar, una por una, todas las piezas, es decir, todos sus afectos y pasiones, para reparar todas las faltas que en ellos pudiera haber. Y, así como el relojero unta con algún aceite refinado las ruedas y los resortes de su reloj, para que los movimientos se produzcan con más suavidad y la máquina esté menos expuesta al orín, así la persona devota, después de la práctica de este examen de su corazón, debe untarlo, para renovarlo cual conviene, con los sacramentos de la confesión y de la eucaristía. Este ejercicio reparará tus fuerzas abatidas por el tiempo, enfervorizará tu corazón, hará que reverdezcan los buenos propósitos y que florezcan de nuevo las virtudes de tu espíritu.

Los antiguos cristianos así lo practicaban con toda diligencia, el día del aniversario del bautismo de Nuestro Señor> en el cual, como dice San Gregorio, obispo de Nacianzog renovaban la profesión y las protestas que se hacen al recibir este sacramento. Hagámoslo también, amada Filotea, preparándonos muy de buen grado y aplicándonos a ello con toda seriedad. Habiendo, pues, escogido el tiempo oportuno, según el consejo de tu padre espiritual, y habiéndose retirado un poco a la soledad, así espiritual como real, y más que de ordinario, harás una, dos o tres meditaciones sobre los puntos siguientes, según el método trazado en la segunda parte.

CAPÍTULO II CONSIDERACIÓN SOBRE EL INMENSO BENEFICIO QUE DIOS NOS HACE AL LLAMARNOS A SU SERVICIO, SEGÚN LA PROMESA YA CITADA

  1. Considera, los puntos de tu promesa. El primero es haber dejado, rehusado, detestado, renunciado, para siempre, todo pecado mortal; el segundo es haber dedicado y consagrado tu alma, tu corazón, tu cuerpo, con todo lo que de él depende, al amor y al servicio de Dios; el tercero es que, si llegases a caer en alguna mala acción, te levantarías enseguida, mediante la gracia de Dios. ¡Qué resoluciones tan bellas, justas, dignas y generosas! Reflexiona bien en tu interior cuán santa, razonable y deseable es esta promesa.
  1. Considera a quien has hecho esta promesa: la has hecho a Dios. Si la palabra razonable dada a los hombres nos obliga estrechamente, cuánto más la palabra dada a Dios. « ¡Ah, Señor! -decía David-, es a Ti, a quien mi corazón ha hablado; mi corazón ha dicho una buena palabra; jamás la olvidaré».
  2. Considera en presencia de quien, pues ha sido delante de toda la corte celestial. ¡Ah! la Santísima Virgen, San José, tu Ángel bueno, San Luis, toda esta bendita compañía te miraba y, al oír tus palabras, exhalaba suspiros de gozo y aprobación, y, con una mirada de amor inefable, veía tu corazón, que, postrado a los pies del Salvador, se consagraba a su servicio. En la Jerusalén celestial hubo un gozo muy particular, y ahora se celebrará allí la conmemoración, si de corazón renuevas tus propósitos.
  3. Considera por qué procedimiento hiciste las promesas. ¡Ah! ¡Qué dulce y generoso fue Dios para contigo en aquel tiempo! Mas díme ¿no fuiste invitada por los suaves atractivos del Espíritu Santo? Las cuerdas, con las cuales arrastró Dios tu barquichuela hacia este puerto de salvación, ¿no fueron el amor y la caridad? ¿No te atrajo después con su azúcar divino, con los sacramentos, la lectura y la oración? ¡Ah, amada Filotea!, tú dormías y Dios velaba por ti, y pensaba pensamientos de paz sobre tu corazón, y meditaba para ti. meditaciones de amor.
  4. Considera en qué tiempo te inspiró Dios estas grandes resoluciones; fue en la flor de tu edad. ¡Ah! ¡Qué gozo conocer tan pronto lo que sólo podemos saber demasiado tarde! San Agustín, ganado para Dios a la edad de treinta años, exclamaba: « ¡Belleza antigua! ¿Cómo te he conocido tan tarde? ¡Ah, te veía y no hacía caso de ti ! » Y tú podrías muy bien decir: « ¡Oh Dulzura antigua! ¿ Por qué no te he saboreado antes?» Y sin embargo, todavía no lo merecías, por lo tanto, reconociendo la gracia que te ha hecho Dios, de atraerte en tu juventud, dile con David: « ¡ Oh Dios mío, Tú me has iluminado y tocado desde mi juventud, y yo proclamaré siempre tu misericordia». Y si esto no ha ocurrido hasta tu vejez, ¡qué gracia, Filotea, que, después de los abusos de los años precedentes, Dios te haya llamado antes de la muerte, y haya detenido el curso de tu miseria en un tiempo en el cual, si esto hubiese continuado, hubieras sido eternamente desdichada!

Considera los efectos de esta vocación: según me parece, encontrarás en ti muy buenos cambios, si comparas lo que eres con lo que fuiste. ¿ No sientes gozo en saber hablar de Dios por la oración, en sentirte inclinada a quererle amar, en haber sosegado y pacificado muchas pasiones que te inquietaban, en haber evitado muchos pecados y tropiezos de conciencia y, finalmente, en haber comulgado con mucha más frecuencia que no lo hubieras hecho, uniéndote con esta soberana fuente de gracias eternas? ¡Ah! ¡Qué grandes son estas gracias! Es menester pesarlas con el peso del santuario. Es la diestra de Dios la que ha hecho todo esto. «La bondadosa mano de Dios, exclama David, ha hecho la virtud; su diestra me ha levantado. ¡Ah! no moriré, sino que viviré y proclamaré con el corazón, con la boca y con mis obras las maravillas de su bondad».

Después de todas estas consideraciones, las cuales, como ves, inspiran gran abundancia de buenos afectos, es menester acabar sencillamente con una acción de gracias y con una plegaria, anhelando sacar mucho provecho de ellas, retirándote con humildad y confianza en Dios; reservando el esfuerzo que exigen las resoluciones para después del segundo punto de este ejercicio.

CAPÍTULO III DEL EXAMEN DE NUESTRA ALMA SOBRE EL AVANCE EN LA VIDA DEVOTA

Este segundo punto del ejercicio es un poco largo, y es mi parecer que, para practicarlo, no se requiere hacerlo todo de una vez, sino por partes, por ejemplo, examinando ora el propio comportamiento con Dios, ora lo une hace referencia a ti mismo, ora lo que atañe a tus relaciones con el prójimo, ora considerando tus pasiones. No es necesario ni conveniente que lo hagas de rodillas, excepción hecha del comienzo y del fin, cuando se producen los afectos. Los otros puntos del examen puedes hacerlos, con provecho, paseando, y aun más útilmente en la cama, si puedes estar en ella sin adormecerte y bien desvelada; mas, para hacer eso, es menester haberlos leído antes. Es, no obstante, necesario hacer todo este segundo punto en tres días y dos noches, tomando de cada día y de cada noche alguna hora, es decir, algún tiempo, según te sea posible; porque, si este ejercicio se hiciese a intervalos muy distantes, perdería su eficacia e impresionaría muy débilmente. Después de cada punto del examen, verás si has faltado y en qué faltas has incurrido, y cuáles son los movimientos más notables que has sentido, al objeto de manifestarlo, para tomar consejo, resolución y ánimo. Aunque no es necesario que los días en los cuales hagas éste y los demás ejercicios te apartes del trato de la gente, conviene, empero, procurarlo algún tanto, sobre todo, hacia el atardecer, para que puedas acostarte más temprano y tener el reposo de cuerpo y de espíritu que se requiere para la consideración. También conviene dirigir, durante el día, frecuentes aspiraciones a Dios, a la Santísima Virgen, a los ángeles y a toda la corte celestial; importa también mucho hacerlo todo con un corazón enamorado de Dios y de la perfección de tu alma.

Así, pues, para comenzar bien este examen: 1. Ponte en la presencia de Dios. 2. Invoca el Espíritu Santo, pidiéndole luz y claridad, para que puedas conocerle bien, como San Agustín, que exclama delante de Dios: « ¡Oh Señor, conózcame a mí, conózcate a Ti!»; y San Francisco, que preguntaba a Dios, diciendo: «¿Quién eres Tú y quién soy yo?» Declara que no quieres conocer tus progresos sino para alegrarte en Dios; no para glorificarte, sino para glorificar a Dios y darle las gracias. 3. Asegura que, si, como crees, descubres que has aprovechado poco, o bien que has retrocedido, de ninguna manera querrás abatirte por ello ni enfriarte por ninguna clase de desaliento o relajación de ánimo, sino que, al contrario, querrás alentarte y animarte más, humillarte y poner remedio a tus defectos, con el auxilio de la gracia de Dios.

Hecho esto, considerarás despacio y tranquilamente cómo, hasta la hora presente, te has portado con Dios, con el prójimo y contigo misma.

CAPÍTULO IV EXAMEN DEL ESTADO DE NUESTRA ALMA CON RELACION A DIOS

1. ¿ Cómo está tu corazón con respecto al pecado mortal? ¿ Has hecho una resolución firme de no cometerlo jamás, por cualquier cosa que te pueda ocurrir? ¿Has mantenido esta resolución desde que la hiciste hasta ahora? En esta resolución consiste el fundamento de la vida espiritual.

2. ¿ Cómo está tu corazón con respecto a los mandamientos de la Ley de Dios? ¿Te parecen buenos, dulces y agradables? ¡Ah, hija mía! el que tiene el gusto en buen estado y sano el estómago, quiere los buenos manjares y rechaza los malos.

  1. ¿ Cómo está tu corazón en lo que atañe a los pecados veniales? Es imposible vivir sin cometer alguno, en una u otra ocasión; mas, ¿tienes inclinación a alguno en particular? Y, lo que todavía sería peor: ¿hay alguno al cual tengas afecto y amor?
  2. ¿Cómo está tu corazón si consideramos los ejercicios piadosos? ¿Los tienes en la debida estima? ¿Los aprecias? ¿Te causan fastidio? ¿Encuentras gusto en ellos? ¿Hacia cuáles te sientes más o menos inclinada? Escuchar la palabra de Dios, leerla, hablar de ella, meditar, aspirar a Dios, confesarte, recibir consejos espirituales, prepararte para la comunión, comunicarte, reducir los afectos: ¿qué hay en todo esto que repugne a tu corazón? Y, si descubres en ti alguna cosa a la cual tu corazón esté menos inclinado, examina de dónde procede esta apatía, y cuál es la causa de la misma.
  3. ¿ Cómo está tu corazón para con el mismo Dios? ¿Se complace tu corazón en acordarse de Dios? ¿No siente una suavidad agradable? «¡Ah! -dice David-, me he acordado de Dios y me he deleitado». ¿Sientes en tu corazón cierta facilidad en amarle y un gusto especial en saborear este amor? ¿Goza tu corazón al pensar en la inmensidad de Dios, en su bondad, en su suavidad? S i el recuerdo de Dios viene a tu mente en medio de las ocupaciones del mundo y de las vanidades, ¿te detienes en él y te conmueve? ¿Te parece que tu corazón se inclina hacia él y, en cierta manera, se adelanta? Ciertamente, hay almas que son así. Si el marido de una mujer vuelve de lejanas tierras, enseguida que la esposa se da cuenta de su regreso y oye su voz, aunque esté muy atareada y dominada por alguna violenta consideración en medio de sus ocupaciones, su corazón, empero, no queda sujeto, sino que deja los demás pensamientos para pensar en su recién llegado esposo. Lo mismo les ocurre a las almas que aman a Dios; aunque anden muy atareadas, cuando les asalta el recuerdo de Dios, casi apartan la atención de todo lo restante, a causa del gozo que sienten de que vuelva este amable recuerdo, lo cual es muy buena señal.
  4. ¿Cómo está tu corazón con respecto a Jesucristo, Dios y Hombre? ¿Estás contenta cerca de Él? Las abejas se complacen alrededor de la miel, y las avispas en la podredumbre; de la misma manera las almas buenas se gozan en Jesucristo y sienten por Él una gran ternura de corazón; pero las malas se gozan en las vanidades. 7. ¿ Cómo está tu corazón con respecto a la Santísima Virgen, los santos y el ángel de tu guarda? ¿Tienes una especial confianza en su protección? ¿Te gustan sus imágenes, su vidas, sus alabanzas?
  5. En cuanto a tu lengua, ¿cómo hablas de Dios? ¿Te gusta hablar de Él según tu condición y conocimientos? ¿Te gusta cantar los salmos?
  6. En cuanto a las obras examina si tienes interés por la gloria externa de Dios y por hacer alguna cosa en honor suyo; porque los que aman a Dios, aman, con Él, el esplendor de su casa.

¿Tienes conciencia de haber arrancado algún afecto y renunciado a alguna cosa por Dios? Ten en cuenta que es muy buena señal de amar, privarse de algo en obsequio de la persona amada. ¿Qué has dejado hasta ahora por amor de Dios?

CAPÍTULO V EXAMEN DE NUESTRO ESTADO CON RELACIÓN A NOSOTROS MISMOS

1. ¿,Cómo te amas a ti misma? ¿Te amas demasiado para este mundo? Si es así, desearás estar siempre en él y andarás preocupada para establecerte en esta tierra; pero, si te amas para el cielo, desearás, o, a lo menos, fácilmente te resignarás a salir de acá abajo, a la hora que plazca a Nuestro Señor.

  1. ¿ Tienes bien ordenado el amor a ti misma? Porque nada hay que nos arruine tanto como el amor desordenado de nosotros mismos. Ahora bien, el amor ordenado quiere que amemos más al alma que al cuerpo, que tengamos más interés en adquirir las virtudes que toda otra cosa, que nos preocupemos más del honor celestial que del honor bajo y caduco. El corazón bien ordenado se dice con frecuencia: «¿Qué dirán los ángeles si pienso tal cosa?», y no «¿qué dirán los hombres?»
  2. ¿Qué amor tienes a tu corazón? ¿Te cansas de servirlo en sus enfermedades? ¡Ah! le debes estos cuidados: el de socorrerle, el de hacer que le socorran cuando sus pasiones le atormentan y el de dejarlo todo para esto.
  3. ¿Qué crees que eres delante de Dios? Nada, sin duda. Ahora bien, no arguye gran humildad, en una mosca, el no tenerse por nada delante de una montaña, ni, en una gota de agua, el no tenerse por nada en comparación con el mar, ni, en una chispa o pequeña llama, el no tenerse por nada delante del sol; pero la humildad consiste en no tenernos en más que los otros y en no querer ser tenidos en más por ellos: ¿cómo estás respecto a este punto?
  4. En cuanto a la lengua, ¿haces alarde de alguna cosa? ¿Te alabas hablando de tí?
  5. En cuanto a las obras, ¿te das algún gusto contrario a la salud? Me refiero al placer vano e inútil, como velar sin motivo y otros semejantes.

CAPÍTULO VI EXAMEN DEL ESTADO DE NUESTRA ALMA CON RELACIÓN AL PRÓJIMO

El marido y la mujer se han de amar con un amor dulce y tranquilo, firme y perseverante, en primer lugar porque Dios así lo ordena y lo quiere. Lo mismo digo de los hijos y de los próximos parientes, y también de los amigos, de cada uno según su grado.

Mas, hablando en general, ¿cómo está tu corazón con respecto al prójimo? ¿Le amas cordialmente y por amor de Dios? Para conocer bien si es así, has de imaginarte ciertas personas enojosas y antipáticas, pues aquí es donde se ejercita el amor de Dios con el prójimo, y mucho más si se trata de aquellos que nos hacen algún mal, de obra o de palabra. Examina bien si tu corazón es franco con ellos, y si sientes alguna contrariedad en amarles.

¿Eres propensa a hablar mal del prójimo, sobre todo de los que no te quieren? ¿Causas daño al prójimo directa o indirectamente? Por poco razonable que seas, fácilmente te darás cuenta de ello.

CAPÍTULO VII EXAMEN SOBRE LOS AFECTOS DE NUESTRA ALMA

He desarrollado así estos puntos, cuyo examen nos da a conocer el progreso espiritual que hemos hecho, porque, en cuanto al examen de los pecados, se hace con miras a las confesiones de los que no pretenden adelantar.

No es menester, empero, ocuparse en cada uno de estos puntos sino con tranquilidad, considerando el estado de nuestro corazón con respecto a los mismos, desde que hicimos los propósitos, y examinando las faltas notables cometidas contra ellos.

Mas, para abreviar, es necesario reducir el examen al conocimiento de nuestras pasiones; y, si se nos hace pesado el examen con los pormenores dichos, podemos hacerlo considerando el estado de nuestra alma y la manera como nos hemos conducido:

En nuestro amor a Dios, al prójimo y a nosotros mismos.

En nuestra aversión al pecado propio y al pecado cometido por los demás, pues hemos de desear el exterminio de ambos.

En nuestros deseos de bienes, de placeres y de honores.

En el temor de los peligros de pecar, y de perder los bienes de este mundo: tememos demasiado esto y muy poco aquello.

En la esperanza, que, tal vez, tenemos demasiado puesta en el mundo y en las criaturas, y muy poco en Dios y en las cosas eternas.

En la tristeza, si es excesiva por cosas vanas.

En el gozo, si es excesivo y por cosas indignas.

Finalmente, ¿qué afectos tienen atado nuestro corazón? ¿Qué pasiones le dominan? ¿Qué cosas principalmente le alteran? Porque por las pasiones del alma conocemos su estado, pulsándolas unas tras otras. Así como el que toca el laúd, que pulsando todas las cuerdas descubre cuáles están desentonadas, y las afina, tirando y aflojando, así, después de haber pulsado el odio, el deseo, la esperanza, la tristeza y el gozo de nuestra alma, si encontramos estas pasiones fuera de tono para la pieza que queremos tocar, que es la gloria de Dios, podemos afinarlas, mediante su gracia y el consejo de nuestro padre espiritual.

CAPÍTULO VIII AFECTOS QUE ES MENESTER EXCITAR DESPUÉS DEL EXAMEN

Después de haber considerado tranquilamente cada punto del examen, y visto en qué estado te encuentras, pasarás a los afectos de la manera siguiente:

Da gracias a Dios de tal o cual enmienda que hayas advertido en tu vida desde tu resolución, y reconoce que ha sido únicamente su misericordia la que lo ha hecho en ti y por ti.

Humíllate mucho delante de Dios, reconociendo que, si has adelantado tan poco, ha sido por tu culpa, porque no has correspondido con fidelidad, con esfuerzo y constancia, a las inspiraciones, luces y movimientos que te ha comunicado en la oración y por otros medios.

Prométele alabarle por siempre jamás, por las gracias con que te ha favorecido, para esta pequeña enmienda de tus inclinaciones.

Pídele perdón de la infidelidad y deslealtad con que has correspondido.

Ofrécele tu corazón, para que sea enteramente Señor del mismo. Suplícale que te haga enteramente fiel.

Invoca a los santos, a la Virgen Santísima, al ángel de tu guarda, a tu santo patrón, a San José, y a otros santos.

CAPÍTULO IX CONSIDERACIONES OPORTUNAS PARA RENOVAR NUESTROS BUENOS PROPÓSITOS

Después de haber hecho bien el examen y de haber consultado con algún director digno sobre las faltas y sus remedios, harás las siguientes consideraciones, una cada día, a manera de meditación, dedicando a ello el tiempo de tu oración y empleando, en la preparación y en los afectos, el mismo método que indiqué para las meditaciones de la primera parte, poniéndote ante todo, en la presencia de Dios e implorando su gracia para afianzarte en su santo amor y en su servicio.

CAPÍTULO X PRIMERA CONSIDERACIÓN: DE LA EXCELENCIA DE NUESTRAS ALMAS

Considera la nobleza y la excelencia de tu alma, que posee un entendimiento capaz de conocer no sólo el mundo visible, sino también la existencia de los ángeles y del paraíso; que hay un Dios soberano absoluto, lleno de bondad e inefable; que hay una eternidad; y, además, capaz de conocer lo que es menester para vivir en este mundo visible, para juntarse con los ángeles en el paraíso, y gozar de Dios eternamente.

Tu alma tiene, además, una voluntad noble, la cual puede amar a Dios y no puede odiarle en sí mismo. Mira cuán generoso es tu corazón, y que, así como nada puede lograr que las abejas se posen en cosa alguna corrompida, sino tan sólo en las flores, así también tu corazón sólo puede reposar en Dios, y ninguna criatura puede satisfacerle. Recuerda francamente las mayores y más agradables diversiones que, en otros tiempos, llenaron tu corazón, y juzga, con sinceridad, si no estaban llenas de inquietud, de acerbos pensamientos y de cuidados importunos, entre los cuales tu pobre corazón se sentía desgraciado.

¡Ah!, nuestro corazón, cuando corre en pos de las criaturas, anda ansioso, pensando que podrá en ellas saciar sus deseos; pero, en cuanto les ha dado alcance, ve que todo queda por hacer y que nada puede contentarle, pues Dios no quiere que nuestro corazón encuentre lugar alguno donde poder descansar, para que, como la paloma soltada del arca de Noé, vuelva a su Dios, del cual salió. ¡Ah! ¡Qué cualidad tan hermosa la de nuestro corazón! ¿Por qué, pues, lo ocupamos, contra su voluntad, en el servicio de las criaturas?

¡Oh, hermosa alma mía!, has de decir, tú puedes conocer y amar a Dios, ¿por qué te entretienes en cosas de menor precio? Puedes aspirar a la eternidad, ¿por qué te detienes en los instantes? Este fue uno de los lamentos del hijo pródigo, el cual, habiendo podido vivir deliciosamente en la mesa de su padre, comía vilmente con las bestias. ¡Oh, alma mía!, tú eres capaz de Dios; desventurada de ti, si te contentas con lo que es menos que Dios. Eleva tu alma a esta consideración; recuérdale que es eterna y digna de la eternidad, aliéntala a que siga por este camino.

CAPÍTULO XI SEGUNDA CONSIDERACIÓN: DE LA EXCELENCIA DE LAS VIRTUDES

Considera que las virtudes y la devoción pueden, por sí solas, contentar el alma en este mundo; mira qué bellas son. Compara las virtudes con los vicios que le son contrarios: qué suavidad la de la paciencia, en comparación con la venganza; de la dulzura, en comparación con la ira y el despecho; de la humildad, en comparación con la arrogancia y la ambición; de la esplendidez, en comparación con la avaricia; de la caridad, en comparación con la envidia; de la sobriedad, en comparación con el despilfarro. Las virtudes tienen esto de admirable, a saber, que deleitan el alma con una dulzura y una suavidad incomparables, cuando se han practicado, al paso que los vicios la dejan infinitamente rendida y maltratada. ¡Ánimo!, pues, ¿por qué no ponemos manos a la obra para conseguir estas suavidades?

En cuanto al vicio, el que tiene poco no está contento y el que tiene mucho está descontento: en cuanto a la virtud, el que tiene poca ya siente gozo, y siempre siente más, conforme va avanzando. ¡Oh vida devota, qué bella, qué dulce, qué agradable, qué suave eres! Tú endulzas las tribulaciones, haces suaves los consuelos, sin ti el bien es mal y los placeres están llenos de inquietud, de turbación y de desfallecimiento; el que te conoce puede muy bien decir con la Samaritana: «Domine, da mihi hanc aquam»: «Señor, dame de esta agua»; aspiración muy frecuente en Santa Teresa y en Santa Catalina de Génova, aunque por motivos muy diferentes.

CAPÍTULO XII TERCERA CONSIDERACIÓN: DEL EJEMPLO DE LOS SANTOS

Considera el ejemplo de toda suerte de santos; ¿qué no han hecho para amar a Dios y ser devotos? Mira a estos mártires, invencibles en sus resoluciones: ¿qué tormentos no han soportado para mantenerse en ellas? Pero sobre todo a estas hermosas y jóvenes doncellas, más blancas que los lirios en pureza, más encarnadas que la rosa en caridad; unas a los doce años, otras a los trece, a los quince, a los veinte, a los veinticinco, han sufrido mil clases de martirios antes que renunciar -a su propósito no sólo en lo tocante a la profesión de fe, sino en lo que era una prueba de su devoción: unas muriendo antes de perder la virginidad, otras antes que dejar de servir a los afligidos, de consolar a los atormentados, de enterrar a los muertos. i Dios mío! i qué constancia ha manifestado este débil sexo, en ocasiones parecidas!

Contempla a tantos santos confesores: i Con qué firmeza han despreciado el mundo! i Cómo se han hecho invencibles en sus resoluciones! Nada ha podido hacerles desistir; las han abrazado sin reservas y las han mantenido sin excepción. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿ Qué es lo que dice San Agustín de su madre Santa Mónica? ¡Con qué firmeza sostuvo su empresa de servir a Dios en su matrimonio y en su viudez! ¡ Y San Jerónimo, de su hija Paula! ¡ Con cuántos obstáculos y con cuánta diversidad de acontecimientos! Mas, ¿qué no haremos nosotros, alentados por tan excelentes patronos? Ellos eran lo que somos nosotros; lo hacían por el mismo Dios, por las mismas virtudes; ¿por qué no haremos lo mismo nosotros, según nuestra condición y vocación, por el cumplimiento de nuestros amados propósitos y de nuestras santas promesas?

CAPÍTULO XIII CUARTA CONSIDERACIÓN: DEL AMOR QUE JESUCRISTO NOS TIENE

Considera el amor con que Jesucristo ha sufrido en el huerto de los Olivos y en el monte Calvario, Este amor era para ti, y, con todas aquellas penas y trabajos, obtenía de Dios Padre, para tu corazón, las buenas resoluciones y promesas, y, por los mismos medios, todo lo que necesitas para mantener, alimentar, robustecer y consumar estas resoluciones. ¡Oh resolución, qué preciada eres, siendo hija de tal madre, cual es la Pasión de mi Salvador! ¡Oh, cómo te ha de amar mi alma, pues tan amada has sido de mi Jesús! ¡Ah Señor! ¡Oh Salvador de mi alma! ¡Tú moriste para obtener en mi favor estas resoluciones! Concédeme, pues, la gracia de que muera antes de dejarlas.

Ya ves, Filotea, cuanta verdad es que el Corazón de nuestro amado Jesús veía el tuyo, desde el árbol de la cruz, y le amaba, y, por este amor, obtenía para 61 todos los bienes que jamás podrás tener, y entre otros, tus resoluciones. Sí, amada Filotea, nosotros podemos decir con Jeemías: «¡Oh Señor!, antes de que yo existiese, Tú me mirabas y me llamabas por mi nombre>, como sea que su bondad preparó, con su amor y su misericordia, todos los recursos generales y particulares de nuestra salvación, y, por consiguiente, nuestras resoluciones. Sí, ciertamente: así como la mujer que ha de ser madre prepara la cuna, las mantillas y las fajitas, y además busca nodriza para el niño que espera, aunque todavía no haya venido al mundo, así también Nuestro Señor, después de haberte concebido en su bondad y llevado en sus entrañas, al querer darte a luz para tu salvación y hacerte hija suya, preparó en el árbol de la cruz, todo lo que era menester para ti: tu cuna espiritual, tus mantillas y fajitas, tú nodriza, y todo lo que era conveniente para tu felicidad, a saber, todos los recursos, todos los alicientes, todas las gracias por las cuales conduce tu alma y quiere llevarla hasta la perfección.

¡ Ah, Dios mío! ¡ Cómo deberíamos grabar todo esto -es nuestra memoria! ¿ Es posible que yo haya sido amada, y tan dulcemente amada, de mi Salvador; que Él haya pensado particularmente en mí y en todos estos pormenores, con los cuales me ha atraído hacia Él? ¡Cómo hemos de amarle y emplearlo todo para nuestra utilidad! Todo esto es muy dulce: este corazón amable de mi Dios pensaba en Filotea, la amaba y le procuraba mil medios de salvación, como si no hubiere más almas en el mundo en quienes pensar, de la misma manera que el sol ilumina un lugar de la tierra como si no iluminase otros y sólo iluminase aquél. Así Nuestro Señor pensaba y cuidaba de todos sus hijos, de forma que pensaba en cada uno de ellos, como si no hubiese tenido que pensar en los demás. «Me amó -dice San Pablo-, y se entregó por mí»; como si dijera: sólo por mí, como si nada hubiese hecho por los demás. Esto, Filotea, ha de permanecer grabado en nuestra alma, para tener en mucho y fomentar tu resolución, tan preciosa para el Corazón del Salvador.

CAPÍTULO XIV QUINTA CONSIDERACIÓN: DEL AMOR ETERNO DE DIOS A NOSOTROS

Considera el amor eterno que Dios te ha tenido; porque ya antes de que Nuestro Señor Jesucristo, en cuanto hombre, sufriese en la cruz por ti, su divina Majestad te concebía en su soberana bondad, y te amaba en gran manera. Mas, ¿cuándo comenzó a amarte? Comenzó cuando comenzó a ser Dios. ¿Y cuándo comenzó a ser Dios? Nunca, pues siempre ha sido, sin principio ni fin, y te ha amado siempre desde la eternidad; por esto te preparaba las gracias y los favores que te ha hecho. Lo dice por el profeta: «Te amaré (dice a ti y a cada uno de nosotros) con un amor perpetuo; por lo tanto te atraje, compadecido de ti». Ha pensado, pues, entre otras cosas, en hacerte formar tus resoluciones para servirle.

¡Dios mío! ¡Qué resoluciones son éstas, pensadas, meditadas, proyectadas por Dios, desde toda la eternidad! ¡Cuán amadas y preciosas han de ser para nosotros! ¡Qué no hemos de sufrir, antes que dejar perder una sola brizna de ellas! Ciertamente, ni que se hubiese de perder todo el mundo para nosotros, pues todo el mundo junto no vale lo que vale una alma, y una alma no vale nada sin nuestras resoluciones.

CAPÍTULO XV AFECTOS GENERALES SOBRE LAS ANTERIORES RESOLUCIONES, Y CONCLUSIÓN DEL EJERCICIO

¡ Oh amadas resoluciones!, vosotras sois el hermoso árbol de la vida que mi Dios ha plantado, con su mano, en medio de mi corazón, y que mi corazón quiere regar con su sangre, para que fructifique; antes mil muertes, que permitir que viento alguno lo arranque. No, ni la vanidad, ni las delicias, ni las riquezas, ni las tribulaciones me arrancarán jamás mi propósito.

¡Ah Señor! Tú has plantado y eternamente has guardado este hermoso árbol dentro de tu paternal corazón para mi jardín. ¡Ah! ¡Cuántas almas no han sido favorecidas de esta manera! ¿Cómo podré yo humillarme jamás lo bastante a vista de tal misericordia?

¡ Oh bellas, oh santas resoluciones! Si yo os conservo, vosotras me conservaréis; si vivís en mi alma, mi alma vivirá en vosotras. Vivid, pues, por siempre jamás, ¡oh resoluciones!, que sois eternas en la misericordia de mi Dios; permaneced y vivid eternamente en mí: que nunca os abandone.

Después de estos afectos, es menester que concretes los medios necesarios para mantener estas preciosas resoluciones, y que asegures que quieres servirte de ellas fielmente: la frecuencia de la oración, de los sacramentos, de las buenas obras, la enmienda de tus faltas descubiertas en el segundo punto, el apartarte de las ocasiones, la práctica de los avisos que te den en este sentido.

Hecho esto, como quien toma aliento y fuerzas, declara mil veces que continuarás en tus propósitos, y, como si tuvieses el corazón, el alma y la voluntad en tus manos, dedícalos, conságralos, sacrifícalos e inmólalos a Dios, prometiendo que jamás volverás a tomarlos, sino que los dejarás en las manos de su divina Majestad, para seguir en todo y por todo sus mandamientos. Ruega a Dios que te renueve toda entera; que renueve y robustezca tus propósitos; invoca a la Virgen y a tu ángel, a San Luis y a los demás santos.

Con esta emoción del corazón, ve a los pies de tu padre espiritual; acúsate de las principales faltas que recuerdes haber cometido desde tu última confesión general, y recibe la absolución, de la misma manera que la primera vez; haz la promesa, en su presencia, y fírmala, y, finalmente, ve a unir tu corazón renovado con su Principio y Salvador, en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía.

CAPÍTULO XVI DE LOS SENTIMIENTOS QUE ES MENESTER CONSERVAR DESPUÉS DE ESTE EJERCICIO

Este día, en que habrás hecho esta renovación, y los días siguientes, has de repetir con frecuencia, con el corazón y con la boca, estas ardientes palabras de San Pablo, de San Agustín, de Santa Catalina de Génova y de otros santos: «No, ya no soy mía; que viva, que muera, soy de mi Salvador; ya no digo ni yo ni mío: el yo es Jesús; el mío es ser suya. ¡Oh mundo!, tú siempre eres el mismo, y yo he sido siempre

la misma, pero, en adelante, ya no seré yo misma». Nosotros no seremos más nosotros mismos, porque tendremos el corazón cambiado, y el mundo, que tanto nos ha engañado, será engañado en nosotros, pues, al no darse cuenta de nuestra transformación, creerá que todavía somos Esaú y nosotros nos habremos trocado en Jacob.

Conviene que todos estos ejercicios reposen en el corazón, y que, al dejar la meditación y la consideración, andemos con tiento, entre las ocupaciones y las conversaciones, para que el licor de nuestras resoluciones no se derrame enseguida, pues es necesario que se filtre y penetre bien en todas as partes del alma, pero sin violentar ni el espíritu ni el cuerpo.

CAPÍTULO XVII RESPUESTA A DOS OBJECIONES QUE PUEDEN HACERSE ACERCA DE ESTA «INTRODUCCIÓN»

Filotea, el mundo te dirá que estos ejercicios y estas advertencias son tan numerosos, que el que quiera observarlos no podrá hacer otra cosa. ¡Ah, amada Filotea!, aunque no hiciésemos otra cosa, mucho haríamos, pues haríamos lo que deberíamos hacer en este mundo. Pero, ¿no te das cuenta del engaño? Si todos estos ejercicios se hubiesen de hacer cada día, ciertamente nos ocuparían del todo; pero no es necesario hacerlos sino a su debido tiempo y lugar, y según se vaya ofreciendo la ocasión a cada uno. ¡Cuántas leyes no hay en el Código que deben ser observadas! Pero esto se entiende según las circunstancias, y no en el sentido de que se hayan de practicar

todos los días. David, rey atareado en asuntos muy difíciles, practicaba muchos más ejercicios de los que yo te he enseñado. San Luis, rey admirable así en la guerra como en la paz, y que, con un cuidado sin igual, administraba justicia, oía dos misas todos los días, rezaba vísperas y completas con su capellán, hacía su meditación, visitaba los hospitales, se confesaba, y tomaba disciplina todos los viernes, asistía con frecuencia a los sermones, celebraba muchas conferencias espirituales, y, a pesar de ello, no desperdiciaba una sola ocasión para procurar el bien público, y su corte era más bella y estaba más floreciente que en tiempos de sus predecesores. Haz, pues, decididamente, estos ejercicios, según te los he enseñado, y Dios te dará tiempo y fuerza para resolver los demás asuntos; y así lo hará, aunque tenga que detener la carrera del sol, como lo hizo con Josué, en otro tiempo. Hagamos siempre lo que conviene hacer, pues Dios trabaja por nosotros.

Dirá el mundo que yo supongo siempre que Filotea tiene el don de la oración mental, y, como quiera que no todo el mundo lo tiene, esta Introducción no servirá para todos. Es verdad que he supuesto esto, y también lo es que no todo el mundo tiene el don de la oración mental; pero es igualmente cierto que todos pueden tenerlo, aun los más ineptos, con tal que tengan buenos directores y quieran trabajar para adquirirlo, según la cosa lo merece. Y si se encuentra alguno que no posee este don en ningún grado (lo cual no ocurre sino muy raras veces), el discreto padre espiritual fácilmente hará que suplan el defecto, enseñándoles a que lean u oigan leer con atención las mismas consideraciones puestas en las meditaciones.

CAPÍTULO XVIII TRES ÚLTIMOS E IMPORTANTES AVISOS PARA ESTA «INTRODUCCIÓN»

Cada primer día del mes, después de la meditación, renueva la promesa que se encuentra en la primera parte, y, en todo momento, promete que la quieres guardar, diciendo con David: «No, jamás, eternamente, no me olvidaré de tus justificaciones, ¡oh Dios mío!, pues en ellas me has vivificado». Y cuando sientas en tu alma alguna turbación, toma en tu mano tu promesa, y, postrada con espíritu de humildad, pronúnciala con todo tu corazón, y te sentirás en gran manera aliviada. Haz abiertamente profesión de querer ser devota. No digo de ser devota, sino de querer serlo, y no te avergüences de los actos comunes y necesarios que conducen al amor de Dios. Confiesa, sin respetos humanos, que procuras meditar, que prefieres morir antes que pecar mortalmente, que quieres frecuentar los sacramentos y seguir los consejos de tu director (aunque a veces no es necesario nombrarle, por muchos motivos). Porque esta franqueza en confesar que queremos servir a Dios y que estamos consagrados a su amor con un especial afecto, es muy agradable a su divina Majestad, que no quiere que nos avergoncemos ni de Él ni de la cruz, y, además, cierra el camino a muchos razonamientos que el mundo quisiera hacer en contra, y nos crea una reputación que nos compromete a perseverar. Los filósofos se presentaban como filósofos, para que se les dejase vivir como tales; nosotros nos hemos de dar a conocer como deseosos de la devoción, para que se nos deje vivir devotamente. Y si alguien te dice que se puede vivir devotamente, sin la práctica de estos avisos y de estos ejercicios, no lo niegues; pero dile amablemente que tu debilidad es tan grande, que necesita una ayuda y un auxilio mayor del que se requiere en los demás.

Finalmente, amada Filotea, te conjuro, por todo cuanto hay de sagrado en el cielo y en la tierra, por el bautismo que has recibido, por los pechos que amamantaron a Jesucristo, por el corazón amoroso con que Él te amó, y por las entrañas de la misericordia en la cual esperas, que continúes y perseveres en esta bienaventurada empresa de la vida devota. Nuestros días se deslizan y la muerte está en la puerta. «La trompeta -dice San Gregorio Nacianceno-, toca a retiro; que cada uno se prepare, porque el juicio está cerca». La madre de Sinforiano, al ver que le conducían al martirio, gritaba detrás de él: «Hijo mío, hijo mío, acuérdate de la vida eterna; mira al cielo, y piensa en Aquel que reina en él; tu próximo fin presto acabará con tu carrera en este mundo». Filotea, lo mismo te digo yo; mira al cielo, y no lo dejes por el infierno; mira al infierno y no te precipites en él por gozar de unos momentos; contempla a Jesucristo, y no reniegues de Él por el mundo, y, cuando la tribulación de la vida devota te parezca dura, canta con San Francisco: «Mientras espero bienes mejores, el trabajo de ahora es pasatiempo».

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