Confesiones de San Agustín

Confesiones de San Agustín

Confesiones de San Agust√≠n es una obra monumental en la historia de la literatura y el pensamiento cristiano, escrita entre los a√Īos 397 y 398. Este libro no es simplemente una autobiograf√≠a, sino una profunda reflexi√≥n espiritual y filos√≥fica que narra la conversi√≥n de Agust√≠n al cristianismo. A trav√©s de sus p√°ginas, San Agust√≠n explora los recovecos m√°s √≠ntimos de su alma, sus luchas internas y su b√ļsqueda incansable de la verdad y de Dios.

Desde su infancia en Tagaste, una peque√Īa ciudad en el norte de √Āfrica, hasta su establecimiento como obispo de Hipona, Agust√≠n nos lleva en un viaje a trav√©s de sus experiencias vitales, marcadas por la inquietud, el pecado y la b√ļsqueda de sentido. La obra se estructura en trece libros, cada uno de los cuales aborda diferentes etapas de su vida, desde sus primeros a√Īos hasta su conversi√≥n y bautismo en Mil√°n bajo la gu√≠a de San Ambrosio.

Lo que distingue a ¬ęConfesiones¬Ľ es su car√°cter introspectivo y confesional. Agust√≠n utiliza su propia vida como un espejo para explorar temas universales como el pecado, la gracia, la naturaleza humana y la presencia de Dios en la vida del hombre. Es un di√°logo continuo con Dios, donde cada recuerdo y reflexi√≥n se convierte en una oraci√≥n, un acto de fe y un examen de conciencia.

Este libro ha ejercido una influencia incalculable no solo en la teolog√≠a y la filosof√≠a, sino tambi√©n en la literatura posterior. Personajes como Francesco Petrarca y muchos otros durante el Renacimiento encontraron en las ¬ęConfesiones¬Ľ una fuente de inspiraci√≥n para explorar el mundo interior del ser humano.

Las ¬ęConfesiones¬Ľ son, en √ļltima instancia, el testimonio de una transformaci√≥n personal y espiritual. Agust√≠n pasa de una vida marcada por la duda y el error a una existencia centrada en la fe cristiana y el servicio a los dem√°s. Su obra no solo ofrece una ventana a la mente de uno de los pensadores m√°s importantes de la antig√ľedad tard√≠a, sino que tambi√©n invita a los lectores a reflexionar sobre sus propias vidas y sobre la presencia de lo divino en el mundo.

¬ęConfesiones¬Ľ de San Agust√≠n es mucho m√°s que una simple autobiograf√≠a; es una obra maestra de la literatura espiritual que sigue hablando al coraz√≥n de los lectores contempor√°neos, desafi√°ndolos a buscar la verdad y a entender mejor la naturaleza humana y su relaci√≥n con Dios.

Confesiones de San Agustín

Libro I
Confiesa San Agustín los vicios y pecados de su infancia y de su puericia, y da gracias a Dios por los beneficios que recibió de su mano en una y otra edad.

Libro II
Llora amargamente el a√Īo decimosexto de su edad, en que, apartado de los estudios, estuvo en su casa y se dej√≥ llevar de los halagos de la lascivia, y se entreg√≥ a una vida derramada y licenciosa.

Libro III
Confiesa c√≥mo en Cartago se enred√≥ en los lazos del amor impuro, que leyendo all√≠ el¬†Hortensio¬†de Cicer√≥n, al a√Īo 19 de su edad, se excit√≥ al amor de la sabidur√≠a, y c√≥mo despu√©s cay√≥ en el error de los maniqueos. √öltimamente refiere el sue√Īo que tuvo su santa madre y la esperanza y seguridad que le dio un obispo acerca de su conversi√≥n.

Libro IV
Recorre los nueve a√Īos de su vida, en que desde el a√Īo 19 hasta el 28 ense√Ī√≥ ret√≥rica y tuvo una manceba, y se dedic√≥ a la astrolog√≠a genetliaca. Despu√©s se duele del excesivo e inmoderado dolor que tuvo por la muerte de un amigo, y el mal uso que hac√≠a de su excelente ingenio.

Libro V
Habla del a√Īo 29 de su edad, en el cual, ense√Īando √©l ret√≥rica en Cartago y habiendo conocido la ignorancia de Fausto, que era obispo, el m√°s c√©lebre de los maniqueos, comenz√≥ a desviarse de ellos. Despu√©s, en Roma fue castigado con una grave enfermedad: interrumpido por eso en la ense√Īanza de la ret√≥rica, pas√≥ despu√©s a ense√Īarla a Mil√°n, donde por la humanidad y sermones de San Ambrosio fue poco a poco formando menor concepto de la doctrina cat√≥lica.

Libro VI
Cuenta lo que hizo en Mil√°n en el a√Īo 30 de su edad, fluctuando en sus dudas todav√≠a. Confiesa que San Ambrosio poco a poco le hizo ir conociendo que la verdad de la fe cat√≥lica era probable. Mezcla tambi√©n muchas cosas de Alipio y de sus buenas costumbres, y refiere el intento que √©l y su madre ten√≠an de que tomase el estado del matrimonio.

Libro VII
Explica las ansias de su alma, que se fatigaba en la imaginación del mal; cómo llegó también a conocer que ninguna sustancia era mala; y que en los libros de los platónicos halló el conocimiento de la verdad incorpórea y del verbo divino, pero no halló su humildad y anonadamiento.

Libro VIII
Desechados todos los errores; encendido con los consejos de Simpliciano, con los ejemplos de Victorino, de Antonio, de los dos magnates y de otros siervos de Dios; después de una gran contienda y lucha con la concupiscencia, y una dificultosa deliberación; amonestado con una voz divina, y leídas las palabras de San Pablo en la Epístola a los romanos (cap. XIII, 13 y 14), se convirtió todo a Dios, imitándole Alipio y alegrándose mucho su madre.

Libro IX
Vase Agust√≠n con su madre y los dem√°s compa√Īeros a la quinta de Verecundo. Renuncia a la c√°tedra de ret√≥rica y se ocupa en escribir libros. Despu√©s, a su tiempo vuelve e Mil√°n, donde con Alipio y Adeodato recibe el bautismo. Desde all√≠ dispone volverse a √Āfrica en compa√Ī√≠a de su madre y de los dem√°s. Despu√©s refiere la vida de su santa madre y su muerte, acaecida en el puerto de Ostia. Finalmente cuenta piadosa y elegantemente su sentimiento y llanto, como amante y buen hijo de tal madre.

Libro X
Muestra por qué grados fue subiendo al conocimiento de Dios; que se halla a Dios en la memoria, cuya capacidad y virtud describe hermosamente; que sólo en Dios está la verdadera bienaventuranza que todos apetecen, aunque no todos la buscan por los medios legítimos. Después describe el estado presente de su alma y los males de las tres concupiscencias

Libro XI
A través de sus páginas, Agustín explora la relación entre el tiempo y la eternidad, ofreciendo reflexiones que han capturado la atención de teólogos y filósofos a lo largo de los siglos.

Libro XII
Este libro se distingue por su análisis detallado de los primeros versos del Génesis, ofreciendo una interpretación que va más allá de la literalidad para explorar las dimensiones espirituales y alegóricas de la creación.

Libro XIII
Constituye el cierre magistral de esta obra autobiográfica y teológica, donde San Agustín de Hipona culmina su introspección espiritual y reflexión sobre la creación divina.


Notas

1
En toda esta excelente obra habla el Santo inmediata y directamente con Dios; y así toda ella contiene una sola y continuada oración del Santo, y la comienza alabando a Dios, regla fija y constante, que todos los autores sagrados y profanos han seguido respectivamente sin excepción alguna. Esto mismo se observa en la Oración dominical, que es el modelo de todas las mejores oraciones, porque las tres primeras peticiones que incluye tienen por objeto la gloria de Dios, la extensión del culto y el establecimiento de su reino en todos los corazones. Y para alabar a Dios, San Agustín, desde el principio de sus Confesiones se vale de las palabras del salmo CXLIV, 3, en que David alaba a Dios considerándole como rey, como bueno, como misericordioso, como gobernador de todas las cosas y conservador de ellas; y como bienhechor y favorecedor de los hombres, a quienes incesantemente comunica grandes beneficios.

2

Alude el Santo al desorden de la concupiscencia, que testifica que somos hijos de Adán nacidos en pecado original, cuyo efecto es la rebeldía del cuerpo contra el espíritu.

3

Alude al mismo pecado original y a sus efectos, que son la ignorancia, la concupiscencia desordenada, la flaqueza, la malicia; y tambi√©n todos los males del cuerpo, como la muerte, las enfermedades, los dolores y las dem√°s molestias que, como dice Santo Tom√°s, no solamente son efectos de aquel primer pecado, sino tambi√©n un claro testimonio de que somos hijos de Ad√°n y Eva, que pecaron quebrantando con¬†soberbia¬†aquel precepto que les impuso Dios y¬†apeteciendo ser semejantes a √Čl cuanto a la ciencia del bien y del mal: con cuya soberbia nos precipitaron a la multitud de miserias por las cuales suspiramos incesantemente en este valle de l√°grimas. Con lo cual nos incita San Agust√≠n al aborrecimiento del pecado, principalmente de la soberbia, pues todos los trabajos y penalidades de esta vida son otros tantos testimonios de que Dios aborrece y castiga los pecados, y determinadamente el de la soberbia.

4

Nos pone el Santo delante nuestro √ļltimo fin, que es Dios, a quien debemos adorar, servir y amar, y ordenar a esto mismo toda nuestra vida: porque nos hizo Dios para s√≠, y nuestro coraz√≥n no puede hallar descanso sino en Dios.

5

De la inmensidad de Dios se infiere rectamente que está en todas las criaturas; y que no puede ser algo lo que no esté en Dios. Lo cual se explica con el ejemplo que usa el mismo Santo (lib. 7, c. 5) diciendo que toda criatura respecto a Dios es como una esponja en el mar: pues el mar está en ella penetrándola por todas partes, y ella está en el mar que la contiene.

6

La doctrina de este capítulo y la del precedente nos obliga a contemplarnos siempre y en todas partes en la presencia de Dios, para que en todas partes le temamos como justo, y le amemos como bueno.

7

Ocultísimo, porque su divinidad no se nos manifiesta y obliga a contemplarnos siempre y en todas partes en la presencia de Dios, para que en todas partes le temamos como justo, y le amemos como bueno.

8

Explica el santo doctor en estas y en las siguientes palabras el amor con que Dios busca nuestras almas y premia nuestras obras sin tener necesidad de nuestros bienes, para lo cual usa el Santo estas locuciones metafóricas, tomadas del amor y deseo de las riquezas.

9

Llaman los teólogos obras de supererogación aquéllas que no caen debajo de precepto, ni hay obligación de hacerlas; pero como éstas también se hacen con los auxilios de la divina gracia, cuando Dios las premia, son dones suyos los que corona y premia.

10

11

Naci√≥ en 13 de noviembre del a√Īo 354.

12

Los antiguos, seg√ļn dice San Isidoro (lib. II,¬†Or√≠g.¬†cap. 2), divid√≠an la vida del hombre en seis edades, esto es, en¬†infancia,¬†puericia,¬†adolescencia,¬†juventud,¬†varon√≠a o gravedad¬†y¬†vejez. La infancia comprend√≠a los siete primeros a√Īos desde que nace el hombre y la puericia los siete siguientes. La adolescencia comprend√≠a otros catorce a√Īos y se extend√≠a hasta los veintiocho. La juventud se conclu√≠a a los cincuenta a√Īos. La varon√≠a o gravedad (que es la edad media entre juventud y vejez) duraba hasta los sesenta a√Īos. Y √ļltimamente la vejez, que no tiene m√°s t√©rmino que la muerte.

13

Es doctrina del santo doctor, y la repite muchas veces, que de los mismos pecados de los hombres se suele Dios servir, ya para castigo de otros antecedentes, ya para humillar a los soberbios, ya para otros fines de su ocult√≠sima y just√≠sima Providencia. As√≠, en el cap√≠tulo XII de este mismo libro, dice el Santo:¬†Tu vero... errore omnium utebaris ad utilitatem meam: meo autem (scit. utebaris ad poenam meam). Ita de non bene facientibus tu bene faciebas mihi. Jussisti enim, et sic est, ut poena sua sibi sit omnis inordinatus animus: pero del error que comet√≠an todos aquellos, os serv√≠ais para mi provecho y del que yo comet√≠a..., os val√≠ais para mi castigo. As√≠, Se√Īor, de los que no hac√≠an bien, hac√≠ais bien para m√≠: y de mi mismo pecado formabais justamente mi castigo. Porque Vos hab√©is dispuesto (y se cumple puntualmente la orden) que todo coraz√≥n desordenado sea verdugo de s√≠ mismo.

Tambi√©n en el libro II de¬†La Ciudad de Dios, cap. 17, dice el Santo:¬†Deus sicut naturarum bonarum optimus Creator est, ita malarum voluntatum justissimus ordinator: as√≠ como Dios es √≥ptimo Criador de todas las cosas buenas, as√≠ es tambi√©n just√≠simo ordenador de todas las voluntades malas; de donde se infiere que la mente de San Agust√≠n en este cap√≠tulo X de las¬†Confesiones¬†es la misma que en los lugares citados, y en otros muchos que pudieran citarse; y en todos ense√Īa constantemente el Santo que de las cosas buenas es Dios no solamente ordenador, sino tambi√©n autor y criador; pero de los pecados, errores y vicios solamente es ordenador:¬†peccatorum tantum ordinator; no porque los mande, sino porque primeramente los permite y luego los ordena a los fines que tiene determinadas su alt√≠sima Providencia, que tuvo por mejor sacar de los males bienes, que dejar de permitir que hubiese males:¬†Melius judicavit de malis bene facere, quam mala nulla esse permittere, que dice el santo doctor en el¬†Enquiridi√≥n, caps. 29 y 27.

14

No era permitido a los catec√ļmenos hacer ellos sobre s√≠ la se√Īal de la cruz, ni tampoco tomar por sus manos la sal que se les daba durante el estado de catec√ļmenos; sino que esto lo recib√≠an de mano de los ministros catequizantes. Tampoco se les permit√≠a aprender ni rezar el S√≠mbolo de la fe, ni la oraci√≥n del Padre nuestro; solamente se les cantaba uno y otra, y se les explicaba algunos d√≠as antes de recibir el Bautismo; pero se les daba la sal misteriosa y bendita siempre que se les examinaba; y antes y despu√©s de recibirla, les hac√≠a muchas veces la se√Īal de la cruz con este orden: En primer lugar el padrino y la madrina, en segundo un ac√≥lito, en tercero el padrino, en cuarto otro ac√≥lito, en quinto el padrino, en sexto otro tercer ac√≥lito, en s√©ptimo el padrino, en octavo un presb√≠tero y en noveno lugar el padrino. La Iglesia romana hab√≠a establecido fuesen siete estos ex√°menes o escrutinios que se hac√≠an de los catec√ļmenos, en reverencia de los siete dones del Esp√≠ritu Santo: comenzaban el mi√©rcoles de la tercera semana de Cuaresma y se acababan en uno de los d√≠as de la Semana Santa; y solamente despu√©s del s√©ptimo y √ļltimo escrutinio era cuando se les explicaba la primera vez el s√≠mbolo de los catec√ļmenos, y desde entonces se les llamaba¬†Competentes.

15

Como se dijera: Esto nacía de lo caduco y frágil de mi vida, porque siendo el hombre compuesto de alma y cuerpo, tiene diversas y contrarias inclinaciones. Y, como dice el padre J. M., carne y espíritu aquí se deben tomar en el mismo sentido que cuando dijo nuestro Salvador: El espíritu está pronto, pero la carne es flaca: Spiritus quidem promptus est, caro autem infama. (Matth. XXVI, 41).

16

Esto que dice aqu√≠ San Agust√≠n se vio claramente cumplido, con gran provecho de los estudiantes cristianos, en tiempo del emperador Juliano Ap√≥stata. Sintiendo √©ste y deseando impedir que los profesores cristianos, explicando a sus disc√≠pulos el poeta Homero y otros autores gentiles, les hiciesen ver lo rid√≠culo de la religi√≥n pagana, public√≥ dos leyes: por la una excluy√≥ de toda c√°tedra y ense√Īanza a los cristianos; y en la otra prohibi√≥ a los cristianos estudiantes no solamente la entrada en los colegios p√ļblicos, sino tambi√©n la lectura de los autores profanos. Entonces los hombres m√°s h√°biles y sabios entre los cristianos, como San Gregorio Nacianceno, Apolinar, Or√≠genes y algunos otros que estaban muy versados e instruidos en toda clase de letras, compusieron en prosa y verso infinidad de tratados sobre todas materias, y los pusieron en manos de los j√≥venes cristianos, por donde ellos aprend√≠an todo cuanto era necesario y conducente para pulir e ilustrar su entendimiento, para ejercitar la memoria y para formar su coraz√≥n, sin el riesgo de beber con la doctrina la ponzo√Īa del vicio. Pues esto mismo que consiguieron entonces los cristianos, compelidos de la persecuci√≥n, se pudiera conseguir mejor en todo tiempo, como dice aqu√≠ San Agust√≠n.

17

Prosigue quej√°ndose de la costumbre de ense√Īar a la juventud por aquellos autores profanos y peligrosos; explicando la fuerza de la costumbre en la met√°fora de un r√≠o, que con su impetuosa corriente lo arrastra todo: pues tambi√©n todos los hombres se dejan llevar de la costumbre, sin poder resistir el √≠mpetu y fuerza de su corriente.

18

Contin√ļa la met√°fora de un r√≠o, que hace ruido con las piedras que conmueve d√°ndose unas contra otras; y as√≠ tambi√©n los hombres que se llevan de la costumbre de ense√Īar y leer aquellos poetas, dan voces y claman diciendo que all√≠ se aprende a hablar bien, etc.

Esto es, alborotados los hombres, que siguen tu corriente.

19

De aqu√≠ puede colegirse el perjudicial enga√Īo que padecen los que juzgan que son cosas leves, de poca consideraci√≥n y consecuencia, las mentiras, los enga√Īos, los hurtos y otros delitos que suelen hacer los muchachos, pues como dice San Agust√≠n, estos mismos vicios crecen tambi√©n con ellos, y los practican en materias m√°s importantes y da√Īosas cuando son mayores.

20

Esta interrupci√≥n comenz√≥ en las vacaciones del a√Īo 369 y acab√≥ en las del a√Īo 370.

21

Entiende por Babilonia el mundo, que por la mucha confusión de sus errores, pecados y miserias es una Babilonia.

22

Llama San Agust√≠n¬†nada¬†al hurto, a la mala compa√Ī√≠a y a todo lo que es pecado y malo, porque en doctrina del Santo, el¬†mal¬†no es cosa positiva, sino privaci√≥n del alg√ļn bien, y toda privaci√≥n es¬†nada.

23

Lleg√≥ a Cartago hacia final del a√Īo 370.

24

Alude en esto a la amistad que tom√≥ con una mujer al a√Īo siguiente de su llegada a Cartago, teniendo √©l diecisiete a√Īos de edad, y en este mismo a√Īo muri√≥ su padre, Patricio.

25

√Čstos eran los maniqueos, cuyo jefe fue un persa, que antes se llamaba Urbico o C√ļbrico y despu√©s tom√≥ el nombre de¬†Man√©s: cuyo nombre daba a entender su locura (pues¬†Man√©s¬†en griego quiere decir furioso); pero sus disc√≠pulos, como dice San Agust√≠n en el libro de las¬†Herej√≠as, herej√≠a 46, duplicando la¬†n¬†de su nombre, le llamaron manniqueo, para que significase el que vert√≠a mann√°:¬†Mannichoeum, quasi manna fundentem.

Cay√≥ Agust√≠n en manos de los maniqueos el a√Īo de 374 y estuvo enredado en sus errores por espacio de nueve a√Īos, como √©l mismo repite en varias partes. Pero a los veintiocho a√Īos de su edad, que era el a√Īo de 383, fue cuando le acab√≥ de disgustar su doctrina, y los dej√≥ y despreci√≥.

26

El primero y principal error de los maniqueos era acerca de la naturaleza divina. Lo primero que ense√Īa Man√©s era que hab√≠a dos principios entre s√≠ contrarios y coeternos, y que eran dos sustancias: una del bien y otra del mal. 2.¬ļ Que cuando ambas sustancias pelearon entre s√≠, se mezcl√≥ el mal con el bien. 3.¬ļ Que de esta mezcla fue de donde Dios, o la naturaleza del bien, fabric√≥ y form√≥ el mundo. 4.¬ļ Que esta luz corporal, que se extiende infinitamente, mezcl√°ndose en todas las cosas luminosas y l√ļcidas (entre las cuales tambi√©n cuentan a nuestras almas), es la misma sustancia y naturaleza de Dios. De donde se sigue que ya nuestras almas, ya las dem√°s cosas l√ļcidas y luminosas, eran trozos de la sustancia divina.

De los elementos ense√Īaba tambi√©n varias extravagancias fabulosas. Lo primero, que los elementos eran dobles, cinco buenos y cinco malos. 2.¬ļ Que los cinco primeros fueron producidos por la naturaleza del bien y los cinco segundos por la del mal. 3.¬ļ Que de aquellos buenos hab√≠an dimanado las virtudes santas y de estos otros malos los principios de las tinieblas. 4.¬ļ Que los elementos malos eran √©stos:¬†El humo, las tinieblas, el fuego, el agua y el viento, a los cuales se opon√≠an los cinco buenos, de este modo: al humo¬†el aire, a las tinieblas¬†la luz, al fuego malo¬†el fuego bueno, al agua mala¬†el agua buena, al viento malo¬†el viento bueno. 5.¬ļ Que para pelear con los elementos malos, fueron enviados desde el reino y sustancia de Dios los elementos buenos, y en aquella pelea se mezclaron los unos con los otros. 6.¬ļ Que en el elemento del humo nacieron los animales de dos pies y, entre ellos, tambi√©n los hombres: en las¬†tinieblas¬†los que andan arrastrando; en el¬†fuego¬†los cuadr√ļpedos; en las¬†aguas¬†los animales que nadan; y en el¬†viento¬†los que vuelan.

27

En este enigma entiende aqu√≠ San Agust√≠n la secta maniquea, en que cay√≥ enga√Īado por las razones que refiere en este cap√≠tulo y en el siguiente, y por otras que se pueden ver en Tillemont, tomo 13, cap√≠tulo VIII.

28

Entre los innumerables desvar√≠os de la doctrina de los maniqueos era uno el atribuir a las plantas vida sensitiva; y que as√≠ no se pod√≠a cortar o arrancar fruto, rama u hoja de alg√ļn √°rbol o planta sin que se les causase alg√ļn dolor o sentimiento, y que tampoco era l√≠cito el arrancar las espinas o hierbas malas de una heredad, por lo cual abominaban la agricultura, con ser la m√°s inocente de las artes, porque era rea de muchos homicidios y hac√≠a muchas muertes. San Agust√≠n en el libro¬†De Haeresib., haer. 46.

29

Se distingu√≠an en dos clases los maniqueos: los unos se llamaban¬†electos¬†o¬†santos, los otros¬†auditores¬†u¬†oyentes. Los primeros eran aqu√©llos que hab√≠an adelantado tanto en su locura, que pudieran ser ya maestros de ella y estaban firmes y constantes en su error. Los segundos eran los que, no hall√°ndose todav√≠a instruidos en aquella doctrina, estaban como vacilantes y dudosos en ella, y eran disc√≠pulos u oyentes de los otros, y como catec√ļmenos de aquella secta: en esta clase y orden estuvo San Agust√≠n, sin haber pasado nunca a la otra clase de los efectos.

30

Habi√©ndose mezclado entre s√≠ el bien y el mal en aquella batalla que tuvieron, dec√≠an que era necesario limpiar y purificar el bien separ√°ndole del mal, con quien estaba mezclado. Y esta purificaci√≥n y separaci√≥n fing√≠an ellos que se hac√≠a de diversos modos: 1.¬ļ Por la virtud divina en todo el mundo y sus elementos. 2.¬ļ Por los √°ngeles de luz se purificaba la sustancia del bien que estaba mezclada y como atada en la sustancia del mal en los demonios. 3.¬ļ Por los electos, que comiendo, libertaban una parte de la sustancia buena y divina que estaba mezclada con la mala, y como atada a los manjares y bebidas, las cuales part√≠culas de la sustancia divina, mediante la masticaci√≥n y digesti√≥n hecha en el est√≥mago del electo, se libertaban y desataban, y ellos exhalaban o respiraban aquellas part√≠culas, que unas eran √°ngeles y otras eran almas. 4.¬ļ Esta purificaci√≥n del bien no la pod√≠an hacer sino los electos. 5.¬ļ A los auditores u oyentes se les perdonaban aquellas muertes (que precisamente hab√≠an de hacer en las plantas, siendo labradores), porque daban de comer a los electos, que purificaban la divina sustancia. Y as√≠ los electos ni labraban los campos ni cog√≠an los frutos, sino que era la obligaci√≥n de los oyentes el traerles todo lo necesario. 6.¬ļ Pero esta purificaci√≥n no la hac√≠an comiendo carnes, porque dec√≠an que cuando mataron a aquel animal, hu√≠a de la carne la divinidad que hab√≠a antes en ella, fuera de que aquella carne muerta, dec√≠an, no era digna de purificarse en el est√≥mago de los electos, los que tambi√©n se absten√≠an de todo vino y mosto, porque era¬†la hiel del pr√≠ncipe de las tinieblas. 7.¬ļ Dec√≠an, por √ļltimo, de sus delirios, que todo cuanto de divina sustancia se purificaba en todo el universo lo recog√≠an y juntaban los √°ngeles y lo pon√≠an en dos naves, que eran el Sol y la Luna, y lo llevaban al reino de Dios, a quien pertenec√≠a.

Todos esos desatinos me ha parecido conveniente declararlos, porque sirven para entender mejor algunos lugares del Santo en esta obra; de los mismos y de muchos más trata el Santo en el libro que intituló: De los errores de los maniqueos.

31

De aqu√≠ se infiere que Agust√≠n hab√≠a vuelto de Cartago a Tagaste, donde viv√≠a entonces, aunque de esto no habla expresamente. Todo el tiempo que pas√≥ desde su vuelta de Cartago hasta que Santa M√≥nica tuvo este sue√Īo, como su madre no le permit√≠a estar en su casa ni en su compa√Ī√≠a, le llev√≥ a su casa aquel rico ciudadano de Tagaste, Romaniano, y le estim√≥ tanto y le dio tan grandes muestras de amistad, que serv√≠an y respetaban a Agust√≠n como al mismo due√Īo de la casa.

32

Estos nueve a√Īos que aqu√≠ y en otras partes dice San Agust√≠n que estuvo en el error de los maniqueos deben contarse de modo que finalizasen cuando se disgust√≥ tanto con las respuestas que le dio Fausto, que era el m√°s c√©lebre de los maniqueos, lo cual fue en el a√Īo 383. As√≠ se infiere que comenz√≥ a seguirlos en el a√Īo 373 √≥ 374, a los diecinueve o veinte a√Īos de su edad, y poco despu√©s de haber le√≠do el¬†Hortensio¬†de Cicer√≥n. As√≠ Tillemont,¬†Hist. ecclesiast., tomo 18, p√°gina 23.

33

Los sacó muy aventajados, insignes y famosos, como fueron Licencio y su hermano, hijos de Romaniano, su protector y amigo Eulogio, que le sucedió en la cátedra de retórica; San Alipio, etc.

34

En tiempo del Santo se daba el nombre de matem√°ticos principalmente a los astr√≥logos¬†judiciarios, que tambi√©n llamaban¬†planetarios, porque hac√≠an sus predicciones observando los planetas, y¬†genetliacos, porque pronosticaban la vida, costumbres y sucesos del infante observando la situaci√≥n que ten√≠an los astros en el instante del nacimiento. Contra los cuales habla el Santo m√°s abajo en el libro VII, cap. VI; en el libro V de¬†La Ciudad de Dios, y en otras partes, impugn√°ndolos con solidez y eficacia. Tambi√©n los condena el Derecho can√≥nico, cap. II de Sortilegio; el Concilio Tridentino, √ćndice libros prohib., reg. 9, y Sixto VI, en Bula particular contra astr√≥logos, y tambi√©n el Derecho civil, ley 9, c√≥dice 1, 18. Pero en nuestros d√≠as no se toma el nombre de matem√°ticos en este sentido, generalmente hablando, sino que significa los que estudian y profesan la aritm√©tica, geometr√≠a, astrolog√≠a l√≠cita y otras artes que se llaman matem√°ticas.

35

√Čste era el Vindiciano, de quien vuelve a hablar despu√©s, en el libro VII, cap. VI.

36

No han entendido o no han explicado bien este pasaje nuestros traductores: como quiera, debe suponerse que el joven habría antes manifestado deseos de recibir el Bautismo.

37

Vid. lib. II, Retract., cap. VI.

38

En las ediciones interiores a las del padre J. M. se lee de otro modo este pasaje, pues dice:¬†Etenim omnia senescunt, et omnia intereunt; pero en la citada edici√≥n, que es conforme a los mss., se a√Īade la negaci√≥n:¬†Et non omnia senescunt, et omnia intereunt. Seguimos esta lecci√≥n, ya por ser m√°s conforme a los mss., ya porque nos parece m√°s absoluta y universalmente verdadera. La cual sentencia puede entenderse de dos modos: el uno es aplicando la negaci√≥n a la primera parte de la sentencia, y no a la segunda, haciendo entonces este sentido:¬†No todas las cosas se envejecen¬†(porque muchas acaban antes de envejecerse),¬†pero todas acaban. El otro es aplicando la negaci√≥n a toda la sentencia, y entendi√©ndola de las criaturas espirituales, v. gr., de los √°ngeles y del alma racional, que no se envejecen ni acaban, y tambi√©n de los cielos, aunque materiales y corp√≥reos.

39

De los tres m√°s comunes g√©neros de diversiones o juegos p√ļblicos que ten√≠an y usaban los romanos y que se comprenden en el nombre com√ļn y general de espect√°culos, hace aqu√≠ menci√≥n San Agust√≠n. Primero habla de los que corr√≠an caballos, que se hac√≠a en el circo, y por eso tambi√©n se llamaban circenses estos juegos; luego nombra a los que peleaban con diferentes fieras, lo cual era en el que llamaban anfiteatro y, finalmente, a los histriones o representantes que hac√≠an sus representaciones en el teatro. Todos estos sitios eran entre s√≠ muy divertidos, as√≠ como los fines a que serv√≠an y los sujetos que en ellos se empleaban. Lo que hace m√°s al caso por ahora para mejor inteligencia del Santo es que todos ellos los ejecutaban personas viles e infames entre los romanos, porque los dos primeros los ejecutaban solamente los esclavos, los gladiadores y los reos condenados a muerte. El espect√°culo del anfiteatro o lucha con las fieras se daba al pueblo romano ‚Äďdice el padre J. M.‚Äď para acostumbrar y familiarizar con la sangre los ojos de los espectadores, y hacerlos as√≠ crueles y feroces, inspirando en los j√≥venes una grande emulaci√≥n y deseo de hacer otro tanto como aqu√©llos que eran aplaudidos y alabados cuando triunfaban de aquellas fieras. Dice que eran todos infames entre los romanos, porque los histriones o representantes no lo eran entre los griegos, antes bien eran entre ellos muy distinguidos y honrados, porque representaban las acciones y haza√Īas (fingidas o verdaderas) de sus h√©roes y sus dioses; y como dice el mismo San Agust√≠n, era sentencia de los griegos:¬†Que si aquellos dioses deb√≠an ser adorados, aquellos hombres deb√≠an ser honrados.¬†Si dii tales colendi sunt, profecto etiam tales homines honorandi sunt¬†(Lib. II,¬†De Civ. Dei, cap. XIII.).

40

Las vueltas de los septentriones son las siete estrellas que componen aquel signo que los astrónomos llaman Ursa major y el vulgo llama El Carro, y da vueltas alrededor del polo ártico.

41

Los libros en que casi consist√≠a toda la ciencia de¬†Man√©s¬†los hered√≥ √©ste, con los dem√°s bienes, de su esposa (que era una persiana viuda y rica, de quien √©l hab√≠a sido esclavo); de los cuales fue autor un tal Esciti√≥n Escita, quien tuvo por disc√≠pulo a Terbinto, el cual muri√≥ en casa de aquella se√Īora viuda y le dej√≥ aquellos libros de su maestro. Recogiolos¬†Man√©s¬†y les a√Īadi√≥ muchas f√°bulas y desvar√≠os, arrog√°ndose el t√≠tulo de autor de ellos. √Čste fue el principio de la secta de¬†Man√©s¬†y el fin de √©l fue morir desollado vivo hacia el a√Īo 278.

42

Esta palabra¬†Santos¬†se toma muchas veces, en la Sagrada Escritura, para significar todos los que de alg√ļn modo est√°n dedicados al culto de Dios: as√≠ unas veces significa solamente los fieles, otras los legos que hac√≠an profesi√≥n de seguir una vida m√°s austera y pura que los dem√°s, ya significa los religiosos, v√≠rgenes y viudas consagradas por estado a vivir en continencia, ya tambi√©n los cl√©rigos destinados al ministerio de los altares.

43

Todos los fieles de la primitiva Iglesia (a excepci√≥n de los pobres) contribu√≠an al sacrificio de la misa, mediante la ofrenda de pan y vino que llevaban al templo, y se pon√≠a todo sobre el altar, de lo cual solamente se consagraba una parte, reserv√°ndose todo lo dem√°s para el sustento de los pobres y de los ministros de la Iglesia. Se ten√≠a gran cuidado de poner en un cat√°logo los nombres de los que hac√≠an estas ofrendas y se le√≠an p√ļblicamente y en voz alta antes de la consagraci√≥n. Y esto, dice San Agust√≠n, practicaba todos los d√≠as su santa madre, sin dejar un d√≠a nunca ni faltar jam√°s al sacrificio de la misa.

Bien pudiera también entenderse en este pasaje lo que algunos entendieron probablemente, esto es, que no hablaba aquí San Agustín precisamente de las oblaciones u ofrendas que hacía Santa Mónica determinadas al sacrificio de la misa, sino de la ofrenda que se hacía para los pobres, llamada ágapes, como se verá después en el libro VI, cap. II.

44

Ya se ha dicho anteriormente que los oyentes entre los maniqueos eran como los catec√ļmenos entre los cristianos, y as√≠ no estaban enteramente instruidos en todos los misterios de su secta, porque todav√≠a no estaban incorporados o no hac√≠an un cuerpo con ellos; por lo cual no eran propia y verdaderamente maniqueos sino aqu√©llos que se llamaban electos.

Así, cuando dice que se juntaba y trataba con los maniqueos, no sólo con los oyentes, sino también con los electos, da a entender que les oía sus pláticas, doctrinas y lecciones como uno de sus discípulos, pero nunca llegó a ser de los electos, y verdaderamente maniqueos, como él mismo testifica en el libro De utilitate credendi, cap. I.

Entre los electos hab√≠a trece llamados¬†maestros, uno de los cuales presid√≠a a los dem√°s, y todos ellos juntos ordenaban a sus obispos, que ten√≠an el n√ļmero fijo de setenta y dos. Estos obispos se hac√≠an de los electos, como tambi√©n los presb√≠teros y di√°conos, a quienes escog√≠an los obispos y los ordenaban. Como los electos pasaban por raza o estirpe sacerdotal, iban a misiones y supl√≠an por los obispos, presb√≠teros o di√°conos, o les ayudaban en sus respectivos ministerios.

Maniqueo hab√≠a instituido un m√©todo de vida a los electos, que les era muy penoso y duro, porque su ley no les permit√≠a comer ni carne ni huevos, ni leche, ni peces, ni tampoco beber vino. No les era permitido, aunque fuese para su sustento, arrancar una hierba, cortar una hoja de un √°rbol, ni coger de √©l fruto alguno arranc√°ndolo con su mano. Ayunaban rigurosamente los domingos y lunes, en reverencia del Sol y de la Luna; y por estos ayunos los distingu√≠an y reconoc√≠an los cristianos. Hac√≠an profesi√≥n de guardar continencia y de abstenerse de tomar ba√Īos, por lo que andaban p√°lidos, consumidos y desfigurados; pero era porque ellos se procuraban artificiosamente un exterior penitente y mortificado, aunque en lo oculto ten√≠an una vida muelle, delicada, regalona, deliciosa y muy desarreglada: eran muy dados a mujeres y no observaban ninguno de sus estatutos, como San Agust√≠n les echa en cara muchas veces en sus escritos. No hablo de sus misterios y ritos, en los cuales la impureza y la abominaci√≥n hab√≠an llegado a su colmo.

45

Como David en este vers√≠culo 4 del salmo CXL usa de la palabra ¬ęelectos¬Ľ,¬†cum electis eorum, se la apropia a s√≠ con gracia y hermosura San Agust√≠n, para acusarse de que¬†comunicaba con los electos¬†de los maniqueos.

46

El dudar de todo, y ense√Īar que todo era dudoso, es lo que siempre se ha atribuido a la secta de los acad√©micos, si bien privadamente cre√≠an que el descubrimiento de la verdad estaba totalmente en la percepci√≥n de los sentidos. Pero no se atrev√≠an a decirlo, temiendo que los epic√ļreos, y otros fil√≥sofos semejantes, convirtiesen en veneno este principio y m√°xima, que seg√ļn ellos era la llave de la verdadera filosof√≠a. De todo lo cual da noticia el mismo San Agust√≠n en la ep√≠stola 1, en la 113, y en los libros que escribi√≥ contra los acad√©micos. Arcesilao, fil√≥sofo griego, que floreci√≥ trescientos a√Īos antes de Jesucristo, fue el pr√≠ncipe y cabeza de esta secta, que intent√≥ reducir el m√©todo de disputar al modo del de S√≥crates, no afirmando ni estableciendo nada, pero impugn√°ndolo todo, como dice Luis Vives sobre el cap. XII del lib. VIII de¬†La Ciudad de Dios¬†de San Agust√≠n.

47

Símaco es aquel célebre personaje de la ciudad de Roma cuyos escritos se han conservado y llegado a nuestros tiempos, el cual por su nacimiento ilustre, por sus empleos honoríficos y por su talento y elocuencia había sido escogido por la nobleza de Roma para que hiciese frente a los progresos del Cristianismo y se opusiese a la destrucción de los ídolos; pero de él triunfó gloriosamente San Ambrosio.

48

Todo esto me parece dio a entender San Agustín diciendo: Imperita etiam evectione publica. Véase la edición del padre J. M. y a Budeo.

49

San Agust√≠n permaneci√≥ en Cartago desde el principio del curso del a√Īo 377 hasta cerca de las vacaciones del a√Īo 383; conque estuvo ense√Īando all√≠ ret√≥rica por espacio de seis a√Īos; y as√≠ en Roma estuvo solamente algunos meses, pues en el a√Īo de 384 fue cuando sali√≥ de all√≠ para Mil√°n.

50

La ida de Santa M√≥nica a buscar a su hijo fue por la primavera del a√Īo 385.

51

Alude al sue√Īo, y a lo dem√°s de que se habl√≥ en el lib. V, cap. IX.

52

Santa M√≥nica, como en la primitiva Iglesia acostumbraban hacer todos los fieles (a excepci√≥n de los que eran muy pobres), segu√≠a en Mil√°n la costumbre que ten√≠a en √Āfrica de llevar a la iglesia pan, vino y otros manjares, de lo cual se formaba el √°gape o convite de los pobres; costumbre que observaron todas las iglesias de Oriente y Occidente, practicada en los primeros siglos por todos los cristianos y dimanada de los mismos ap√≥stoles. Y, seg√ļn San Gregorio Nacianceno, por tres motivos se hac√≠an estos convites: en los d√≠as del nacimiento, en los de las bodas y en los de los entierros. De estos convites se comenz√≥ a abusar, y en diversas iglesias se fueron quitando poco a poco. San Ambrosio los hab√≠a prohibido en su tiempo, seg√ļn prueban de este pasaje de San Agust√≠n los autores que tratan de esta materia, y detenidamente Julio Selvagio, en el lib. III de sus¬†Antig√ľedades cristianas, cap. IX, n√ļm. 35.

53

La instituci√≥n de estos juegos es casi tan antigua como la fundaci√≥n de Roma, pues en el d√≠a que R√≥mulo rob√≥ a las Sabinas, instituy√≥ estos juegos, que se llaman circenses por el lugar en que se ten√≠an, que era un sitio no perfectamente redondo, sino ovalado, de suerte que fuese m√°s largo que ancho. Estaba rodeado de gradas, que se levantaban las unas m√°s que las otras, para que todos pudiesen estar sentados y ver los juegos y espect√°culos sin estorbarse los unos a los otros. Aqu√≠ luchaban unas veces hombres a caballo, otras los p√ļgiles a pie, otras los gladiadores reciarios, etc. V√©ase lo que se dijo en el lib. IV, cap. XIV, nota 36*.

____________________

* [¬ęnota 1¬Ľ en el original (N. del E.)]

54

En Tagaste, donde San Agust√≠n y Alipio hab√≠an nacido, fue creado obispo Alipio en el a√Īo 394, seg√ļn el c√≥mputo de Baronio, y se puede colegir de la ep√≠stola que en este mismo a√Īo escribi√≥ San Agust√≠n a San Jer√≥nimo. Fue Alipio el compa√Īero m√°s amado y amante de San Agust√≠n en toda su vida, y como por seguir a Agust√≠n se hizo maniqueo, por seguirle tambi√©n se hizo cristiano, y a un tiempo recibieron el bautismo; le sigui√≥ y acompa√Ī√≥ cuando se retir√≥ a las cercan√≠as de Mil√°n; despu√©s le acompa√Ī√≥ a Tagaste y a Hipona, y finalmente vivi√≥ y muri√≥ no haciendo los dos m√°s que un alma y un coraz√≥n. De √©l habla siempre San Agust√≠n con singulares elogios y est√° puesto en el cat√°logo de los Santos, y reza de √©l toda la Orden de San Agust√≠n en el d√≠a 16 de agosto.

55

Hacia fines del a√Īo 381 fue San Alipio a Roma y sali√≥ de all√≠ acompa√Īando a San Agust√≠n el a√Īo 384, conque dos a√Īos m√°s que nuestro Padre San Agust√≠n estuvo en Roma San Alipio, y en ese tiempo fue cuando le sucedi√≥ lo que de √©l refiere nuestro santo Padre acerca de sus adelantamientos en los estudios, afici√≥n en los espect√°culos, etc.

56

Este espect√°culo, originario de Etruria, les era muy delicioso a los romanos. Siempre en √©l hab√≠a derramamiento de sangre humana y muertes de los que ca√≠an heridos, si los espectadores no les daban la vida, clamando y gritando para que no los acabasen de matar. Lleg√≥ a dividirse Roma en dos partidos o facciones, apasion√°ndose unos y declar√°ndose por los luchadores que llamaban¬†reciarios, o¬†tracios, y otros por los¬†mirmilones, que eran dos suertes de luchadores que hab√≠a. Y aunque los unos y los otros fuesen la gente m√°s vil y baja y las heces de la rep√ļblica, lleg√≥ a estar la maldad tan aplaudida y la inhumanidad y barbarie tan patrocinada, que no solamente el vulgo y populacho, sino tambi√©n la gente distinguida, la nobleza y los mismos emperadores se declaraban partidarios de alguna de aquellas dos facciones, como se refiere de Cal√≠gula y Tito, que se declararon a favor de los tracios o reciarios, y de Domiciano, que era apasionado de los mirmilones.

Como era tan grande la crueldad que se ejecutaba en estos espectáculos (pues se mataban los hombres unos a otros y se criaban, alimentaban y adiestraban para esto), siempre se tuvo por malo el asistir a tan cruel diversión, de que debían no sólo abstenerse, sino huir con horror todos los cristianos. Teodorico, rey de los godos, la prohibió y quitó enteramente.

57

√Čstos son los efectos que natural y necesariamente causan las diversiones crueles y sanguinarias, que son tan extremadamente opuestas a la blandura, piedad y compasi√≥n que debe hallarse en los corazones cristianos.

58

Por aquel tiempo se usaba todav√≠a escribir con un punz√≥n de hierro, bronce u otro metal en unas tablillas que estaban enceradas, y en ellas con facilidad escrib√≠an. √Čstas eran las que Alipio ten√≠a en la mano cuando le sucedi√≥ este lance que refiere nuestro Santo.

59

Esto es, el grado de catec√ļmeno.

60

Romaniano, paisano, amigo y bienhechor suyo, como se dijo en el capítulo XI del lib. III, es a quien dedicó los tres libros que escribió contra los académicos, y el De vera Religione. Hace mención Agustín de las excelentes prendas que tenía Romaniano al principio de los lib. I y II contra los académicos. No obstante, sabemos que había un hombre poderoso y rico, cuyo nombre no se sabe, que perseguía a Romaniano y no le dejaba gozar de toda la tranquilidad que pudiera prometerse por sus circunstancias.

61

Aqu√≠ se ve claramente que San Agust√≠n era del n√ļmero de toda aquella multitud de autores antiguos que dijeron y creyeron que Epicuro hab√≠a colocado la suma felicidad en los deleites de los sentidos; no obstante que algunos han querido disculparle, diciendo que colocaba la felicidad en el deleite del alma, que no estuviese acompa√Īado de dolor ni pena alguna. Pero San Agust√≠n y todos los antiguos dijeron lo contrario, y aun el poeta llama a un voluptuoso:¬†Epicuri de grege porcum.

62

Comenzaba entonces el a√Īo 31 de su edad.

63

Unde igitur mihi malè vello, et benè nolle?, dice el Santo. Como antes deja dicho que el hacer una cosa contra su voluntad y con repugnancia suya más propiamente era padecer que hacer, en el malè velle explica el mal de la culpa, y en el benè nolle el mal de la pena, que justamente se padece contra la voluntad propia, en castigo del otro mal de la culpa, que se hizo por su propia voluntad. Así nadie malè velle quiere decir querer malamente y pecando, o injustamente querer alguna cosa; y el benè nolle quiere decir que justamente, bien y ordenadamente padece y sufre aquella repugnancia de no querer alguna cosa, y hacerla como por fuerza (que más es padecer que hacer), y esto en justa pena de su voluntad injusta.

64

Aunque en la hipótesis que se hace San Agustín diga: Per infinita retrò spatia temporum, por infinitos espacios de tiempos anteriores; no se ha de imaginar que antes de la creación hubiese tiempo alguno; que esto no puede establecerse en doctrina del Santo, ni tampoco puede imaginarse, porque el tiempo es una de las cosas que pertenecen a la creación y efecto de ella. Así, diciendo el santo por infinitos espacios de tiempo, bien da a entender que habla de la eternidad, que precedió a la creación y que como infinita duración abraza todos los tiempos, y virtualmente en todos ellos. Así, en el capítulo XV, dice que Dios no comenzó a producir las criaturas post innumerabilia spatia temporum.

65

Véase el cap. III del lib. IV.

66

Estos libros vinieron a sus manos en el a√Īo 385, de los cuales dice despu√©s que estaban traducidos por Victorino, c√©lebre profesor de Roma. En otra parte dice que estos libros le trocaron enteramente, y que eran como preciosos b√°lsamos de la Arabia, de los cuales cayendo algunas gotas sobre las centellas que ten√≠a √©l en el coraz√≥n, acabaron de encenderle y abrasarle.

Antepuso San Agust√≠n los plat√≥nicos a los dem√°s fil√≥sofos, porque disputando de la Sant√≠sima Trinidad, y especialmente del Verbo divino, no se apartaron mucho de la verdad cristiana, como el Santo dice en el libro X de¬†La Ciudad de Dios, cap√≠tulos 1 y 19; a√Īadiendo que, mudando solamente algunas cosas, f√°cilmente se pod√≠an concordar con las verdades cristianas.

67

Con esta alegor√≠a explica la doctrina de los plat√≥nicos acerca de la multitud de dioses, en lo cual, como Esa√ļ, vendieron y perdieron la primogenitura o primac√≠a de la sabidur√≠a, imitando a los israelitas, que dieron adoraci√≥n a un becerro. Pues este manjar es el que dice que no quiso comerlo, sino que lo desech√≥. V√©ase el libro 8 de¬†La Ciudad de Dios, cap√≠tulos 12 y 18, y en el libro 10, el cap√≠tulo I.

68

Quiere decir que se dedicó a coger de los libros de los filósofos lo que tenían de bueno y provechoso para convencer su espíritu, y hacer que adelantase más y más en el conocimiento de Dios y de la verdad.

69

Eran de allí, esto es, de la Grecia.

70

Obispo que fue de Laodicea, en Siria, y se apart√≥ de la Iglesia por los a√Īos de 376; contra cuyos errores escribieron casi todos los Santos Padres griegos y latinos de su tiempo. Ense√Ī√≥ que el Verbo tom√≥ un cuerpo sin alma.

71

Era obispo de Sirmio en el Il√≠rico y por los a√Īos 345 renov√≥ la herej√≠a de Sabelio y Paulo Samosateno, ense√Īando que Cristo era hombre puramente y no Dios.

72

San Simpliciano fue enviado por San D√°maso a Mil√°n, para que ayudase a San Ambrosio, reci√©n electo obispo de aquella iglesia. Era muy sabio, hab√≠a hecho muchos viajes para instruirse en varias materias y no cesaba de leer y de estudiar. San Ambrosio le dedic√≥ varias obras suyas; y le sucedi√≥ a San Ambrosio en el obispado, al cual fue promovido en el a√Īo 397. Era grande la fama de su virtud y sabidur√≠a, como insin√ļa aqu√≠ San Agust√≠n, y se conoce tan bien porque los concilios de √Āfrica y de Toledo no determinaban cosa alguna de importancia sin haberla tratado y consultado antes con San Simpliciano. Muri√≥ lleno de a√Īos y m√©ritos por el mes de mayo del a√Īo 400. Toda la religi√≥n agustiniana reza de √©l en el d√≠a 13 de agosto.

73

Sobre las noticias y elogios de Victorino, que refiere aqu√≠ San Agust√≠n de boca de San Simpliciano, puede a√Īadirse lo que refiere San Jer√≥nimo, que en el libro de los¬†Escritores eclesi√°sticos, dice que se llamaba C. Mario Victorino, que era africano de naci√≥n y que ense√Ī√≥ en Roma la ret√≥rica en tiempo del emperador Constantino, y hacia los √ļltimos plazos de su vida se hizo cristiano, admir√°ndose Roma, y alegr√°ndose la Iglesia, como dice San Agust√≠n. Escribi√≥ varios libros contra los arrianos, y tambi√©n unos comentarios sobre las ep√≠stolas de San Pablo.

74

En el texto latino, dice el Santo:¬†Omnigenumque deum monstra, et Anubim latratorem, que es puntualmente el verso de Virgilio:¬†Omnigenumque deum monstra, et latrator Anubis. Y le llama¬†latrator, porque Anubis en lengua egipciaca es lo mismo que¬†perro¬†en lengua castellana; y debajo de la figura de perro adoraban a Mercurio, como dice Servio sobre el citado verso de Virgilio (Aen., 8). Otros explican de otro modo esta f√°bula, diciendo que Anubis era un famoso capit√°n hijo de Osiris, que siguiendo a su padre en las expediciones que hizo (como de H√©rcules se dice que iba cubierto de la piel de un le√≥n), ¬ę√©l se cubri√≥ con la de un¬†perro, y le ten√≠a por su divisa¬Ľ; y que de aqu√≠ provino que los egipcios diesen la preferencia al perro entre los dem√°s animales de que ellos formaban su apoteosis; pero que perdieron esta preferencia cuando, habiendo Cambises hecho matar y arrojar al dios Apis, fue el perro el √ļnico que se lo comi√≥. No obstante, persever√≥ el culto del perro en Cin√≥polis, que era la ciudad capital (y quiere decir ciudad de perros), que estaba consagrada a aquel animal, y sus habitantes conservaban un fondo considerable, de donde se sacaba para el sagrado alimento de los perros, como dice Diodoro S√≠culo, libro IV.

75

Los romanos, y generalmente todos los gentiles, creían que cada reino, cada estado, cada provincia, cada ciudad y, en una palabra, cada lugar, estaba bajo la protección de algunas deidades particulares, que velaban para su conservación. No obstante, los romanos peleaban contra todos aquellos reinos, ciudades y pueblos, los sujetaban y triunfaban de ellos, y por consiguiente triunfaban de aquellos dioses que eran protectores de aquellos lugares, y se tenían por vencedores de ellos. Sobre cuyo supuesto se funda la sátira que les hace a los romanos San Agustín ya en este capítulo, diciendo que Roma suplicaba y ofrecía sacrificios a aquellos mismos dioses contra quienes había peleado en otro tiempo y a quienes había vencido, y ya también en el libro I de La Ciudad de Dios, cap. III, donde los satiriza del mismo modo, haciéndoles ver la inconsecuencia con que procedían en sus idolatrías, pues les atribuían poder para defenderlos a ellos, cuando no lo habían tenido para defenderse a sí mismos de ellos ni para defender aquellos pueblos de quienes se suponían protectores, y habían sido vencidos y avasallados por los romanos. Con lo cual se entenderá bien todo este pasaje de San Agustín, que se les haría oscuro a los que no tienen alguna tintura de mitología.

76

Como en aquel tiempo no se daba el Bautismo, por lo com√ļn, sino en los s√°bados de la vigilia de Pascua y de Pentecost√©s, aquellos que hab√≠an de recibirlo eran obligados a dar antes su nombre, para que se les pusiese en la matr√≠cula de los que hab√≠an de ser bautizados, y el obispo y clero hiciesen con ellos aquellas diligencias preparatorias, ex√°menes, escrutinios y ceremonias que se usaban, como se ha insinuado en el cap. IX del lib. I, y se dir√° m√°s abajo.

77

La ciencia de Victorino y sus escritos, sus disc√≠pulos y la estatua que se hab√≠a erigido para su memoria en la plaza de Trajano le hac√≠an sumamente c√©lebre y famoso. √Čl profes√≥ la ret√≥rica en Roma, no solamente bajo el imperio de Constantino, como se ha dicho antes, sino tambi√©n en el imperio de Constancio y de Juliano Ap√≥stata. El tratamiento que se le daba era el de¬†clar√≠simo, t√≠tulo que no se daba sino a los senadores y a las personas de la primera distinci√≥n y clase.

78

De este mismo sentir es San Jer√≥nimo, diciendo que el Ap√≥stol tom√≥ entonces el nombre de Pablo para memoria del triunfo grande que hab√≠a conseguido, mediante la gracia y favor de Jesucristo Se√Īor Nuestro, convirtiendo a la fe al dicho Paulo Sergio, proc√≥nsul de la isla de Chipre, lo cual sucedi√≥ en el a√Īo 45 de Jesucristo. Otros dan otras razones para que tomase el nombre de Pablo, que se pueden ver en Baronio, al a√Īo 36 de Cristo.

79

Diciendo San Agust√≠n que Ponticiano¬†proeclare in palatio militabat, da a entender que ten√≠a uno de los empleos m√°s honor√≠ficos de palacio. Porque primeramente se ha de suponer que entre los romanos todo oficio y servicio p√ļblico se llamaba entonces¬†militia, y el ejercerlo¬†militare; y que solamente hab√≠a tres g√©neros de servir o militar de este modo: el primero y m√°s honroso era el militar o servir en palacio, y se llamaba¬†militia palatina; el segundo era el militar y servir en todo lo concerniente a la guerra, y se llamaba¬†militia castrensis sive armata; y el tercer g√©nero ven√≠a a ser el seguir la carrera de las letras, como leyes, artes, etc., y se llamaba¬†militia cohortis sive togata, a cuya clase pertenec√≠an los jueces, prefectos, presidentes, abogados, curiales y otros semejantes, como dicen Gotofredo y Valesio, citados por Selvagio, en las¬†Antig√ľedades cristianas, lib. I, p√°g. 2, cap. IV, ¬ß III, n. 10. De donde infiero que Ponticiano, que segu√≠a la¬†milicia o servidumbre palatina, era uno de los sujetos m√°s visibles y considerados de palacio.

80

En este monasterio fue donde Joviniano y otros compa√Īeros de su impiedad estuvieron alg√ļn tiempo, disimulando con el nombre cat√≥lico su maldad y cubriendo con el h√°bito de frailes sus perversas intenciones. Pero a poco tiempo, como dice Baronio, los arroj√≥ de s√≠ aquella santa casa, como el mar arroja los cad√°veres a la orilla. Baron A. C. 382. Tambi√©n all√≠ profesaron la vida mon√°stica Sarmaciano y Barbaci√≥n, que dieron mucho que sentir al gran padre San Ambrosio y al prelado de dicho monasterio, por la vida desarreglada que ten√≠an y la mala doctrina que ense√Īaban.

81

Agentes de los negocios del emperador. No se ha de entender que fuesen semejantes a los que ahora llamamos agentes de negocios, porque éstos sólo tienen los poderes y hacen las veces de toda clase de personas particulares, pero el empleo de aquéllos consistía en llevar ellos mismos las órdenes del emperador y hacerlas obedecer y ejecutar.

Había cinco clases de estos agentes: ducenarios, centenarios, biarcos, circitores y caballeros. Véase al citado Gotofredo sobre el Cod. Theod., título I, página 164.

82

Es menester inferir de este pasaje que la turbación y aflicción en que se hallaba su alma en aquella lucha que tuvo consigo mismo en el huerto le obligaba a hacer todas estas acciones que aquí dice, y otras semejantes.

83

Hoy día se conserva en Milán la tradición de que el huerto donde San Agustín oyó la voz del cielo que refiere aquí es el mismo que tiene ahora la iglesia de San Ambrosio, o por lo menos éste es parte de aquél; y que la capilla que se llama de San Remigio está en el mismo sitio en que se hallaba San Agustín cuando oyó aquella voz.

84

Esta maravillosa conversi√≥n de San Agust√≠n, que ha sido de tanta utilidad para la Iglesia, sucedi√≥ hacia los fines de agosto o principios de septiembre del a√Īo 386. Porque el mismo Santo dice m√°s abajo (lib. IX, cap. II) que desde aquel lance hasta las vacaciones (de las vendimias, que ser√≠an por octubre) no faltaban m√°s que veinte d√≠as. Por lo cual no s√© qu√© causa tendr√≠a el autor del Martirologio Romano para poner la Conversi√≥n de San Agust√≠n en el d√≠a 5 de mayo.

85

Hace aqu√≠ alusi√≥n el Santo a la visi√≥n que tuvo su madre, Santa M√≥nica, el a√Īo 373 √≥ 374, en la cual se le represent√≥ una regla en que ella y su hijo estaban, como refiri√≥ el santo doctor en el lib. II, cap. XI, n√ļm. 20.

86

Alude el Santo doctor ya al salmo LXXXIII, 7, donde se dice:¬†Beatus vircujus est auxilium abs te, ascensiones in conde suo disposuit, in valle lacrymarum; ya tambi√©n al salmo CXIX, que es el primero de los quince que se llaman graduales, y son los que componen el¬†C√°ntico de los grados¬†que dice aqu√≠ San Agust√≠n, y yo he traducido para explicarlo m√°s, el¬†c√°ntico de los grados, que cantan los que suben hacia Vos, porque acostumbraban cantarse subiendo las quince gradas que ten√≠a el templo de Salom√≥n; cuya subida figuraba la que hacen los hombres de virtud en virtud para irse acercando a Dios, y en esto se ocupaban Agust√≠n y sus compa√Īeros entonces. Tambi√©n es veros√≠mil que por aquel tiempo los rezase muchas veces con sus compa√Īeros despu√©s de haberse convertido; y esto es lo que da a entender todo este pasaje, como dice Wangnereck.

87

No quer√≠a Verecundo abrazar el Cristianismo, sino siguiendo aquel m√©todo de vida que Agust√≠n y los suyos hab√≠an proyectado, y libre de la compa√Ī√≠a de su mujer; y como esto no pod√≠a ser viviendo ella, por eso dec√≠a que no quer√≠a ser cristiano sino de un modo que no le era posible.

88

Ya se dijo en el libro V*, cap. X, que uno de los errores de los maniqueos era negar que Cristo hubiese tomado verdadero cuerpo; error que ellos tomaron de otros herejes m√°s antiguos, y particularmente de los docetas.

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[¬ęlibro IX¬Ľ en el original (N. del E.)]

89

Ll√°manse sacramentos preparatorios para el Bautismo los exorcismos, las se√Īales de la cruz que se hac√≠an sobre los catec√ļmenos, la sal misteriosa que se les daba, todo lo cual por ser cosas sagradas y misteriosas pueden llamarse sacramentos preparatorios, que es la frase con que tambi√©n se explica el padre J. M.

90

San Gregorio Nacianceno en la oraci√≥n f√ļnebre de San Ces√°reo dice lo mismo, y casi con las mismas palabras que San Agust√≠n:¬†Vos,¬†dice,¬†descans√°is en el seno de Abraham; sea lo que fuere aquel lugar feliz.

91

El Santo dice de Nebridio, que por Dios fue hecho ex liberto filius, en lo cual alude a las leyes de los romanos, que les permitían hacer de sus esclavos, libertos o libres (que no hay en castellano otra voz con que poder significarlo de una vez); y a éstos podían imponerles sus mismos nombres honrosos, contarlos entre su familia y hacerlos herederos de sus bienes en todo o en parte. Como a Nebridio le sacó Dios del error y servidumbre del demonio, que le tenía como esclavo, fue esto hacerle liberto o libre por el Bautismo; fue hecho de liberto hijo adoptivo, porque por la gracia consiguió la adopción de los hijos de Dios y herederos de su gloria.

92

A la quinta Casiciaco, que era propia de Verecundo acompa√Ī√°ndole su madre, Alipio y otros, entre los cuales se han de contar su hijo Adeodato, Navigio su hermano; Trigecio y Licencio, paisanos y disc√≠pulos suyos; Lastidiano y R√ļstico, sus primos, y tambi√©n Evodio, como √©l mismo dice en los libros¬†De Ordine,¬†De Vita beata¬†y¬†Contra Acad√©micos. Durante su estancia en Casiciaco fue cuando vio el monasterio que hab√≠a fuera de Mil√°n, de donde volvi√≥ muy edificado del m√©todo de vida que ten√≠an aquellos solitarios, como √©l refiere en el libro¬†De moribus Eccles., 33.

93

Los primeros de que el Santo habla son los que acabo de nombrar en la nota anterior; estos segundos, que dice los compuso hablando consigo mismo, fueron los Soliloquios, que los escribió inmediatamente después de los otros citados.

94

Llama cedros a los fil√≥sofos para significar la soberbia y vanidad de sus doctrinas, por la mucha altura y elevaci√≥n que tienen los cedros; dice que el Se√Īor los hab√≠a ya quebrantado para significar que ya no le llevaban la atenci√≥n ni hac√≠a caso de ellos, y alude a lo del salmo XXVIII, 5:¬†Et confringet Dominus cedros Libani.

95

A vuestro Santo, esto es, a Cristo, que es por antonomasia el Santo, y el Santo de los santos.

96

Habla del enojo que concibió contra sí, después de haber oído toda la relación de Ponticiano, como se dijo en el libro VIII, capítulo VII.

97

San Agustín lee aquí victoriam.

98

En la Iglesia de Mil√°n, y en otras muchas del Occidente, se llamaban¬†competentes¬†aquellos catec√ļmenos que, estando ya suficientemente instruidos, y reconocidos por de buenas costumbres, pretend√≠an el Bautismo. A √©stos les inscrib√≠an antes de la Cuaresma en un libro de registro que hab√≠a para este fin: ten√≠an que ir a la iglesia en aquellos d√≠as y horas que les se√Īalaban para recibir all√≠ nuevas instrucciones y sujetarse a nuevas experiencias y ex√°menes. San Agust√≠n hace menci√≥n, aunque de paso, en el libro¬†De Fide et operibus, de la atenci√≥n, cuidado y respeto con que √©l o√≠a y atend√≠a las instrucciones de aqu√©llos que ense√Īaban los principios de la Religi√≥n cuando pretend√≠a recibir el Bautismo y estaba en el grado de los¬†competentes.

99

En el intervalo de tiempo que pas√≥ desde su llegada a Mil√°n hasta la Pascua del a√Īo 387, hizo y escribi√≥ algunas otras obras que las pasa en silencio: entre ellas fueron la de la¬†Inmortalidad del alma, la de la¬†Gram√°tica, los principios de los¬†Tratados de la Dial√©ctica, de la¬†Ret√≥rica, de la¬†Geometr√≠a, de la¬†Aritm√©tica, de la¬†Filosof√≠a¬†y¬†Sobre las categor√≠as, etc.

100

Adeodato hab√≠a nacido en el a√Īo 372, no teniendo su padre m√°s que dieciocho a√Īos de edad; conque ven√≠a a tener Adeodato quince a√Īos, y su padre treinta y tres.

101

En 25 de abril del a√Īo 387.

102

La emperatriz Justina, que era arriana, perseguía a San Ambrosio porque no había querido ceder a los arrianos una iglesia; y estaba tan enconada contra él, que envió a su casa un asesino para que le matase, al cual, yendo a ejecutar el golpe, se le quedó yerto el brazo y sin movimiento alguno.

103

√Čste fue el origen de la costumbre que sigui√≥ la Iglesia de Occidente de cantar himnos y salmos. San Ambrosio entonces compuso muchos himnos, que cantaban los fieles en la iglesia; y al mismo tiempo que serv√≠an a Dios de alabanza, a ellos les serv√≠an de consuelo en la dura y cruel persecuci√≥n que padec√≠an.

104

Fue este descubrimiento de los cuerpos de San Gervasio y Protasio a 17 de junio del a√Īo 386, seg√ļn Mr. Tillemont, aunque Baronio lo aplica al a√Īo siguiente.

105

Como este suceso fue un a√Īo antes de que recibiese San Agust√≠n el Bautismo, por eso dice que todav√≠a no corr√≠a √©l tras la fragancia y aromas que Dios comunicaba a los fieles.

106

Con esta frase me parece quiere significar San Agustín la libertad con que ya respiraba su corazón, cuando antes oprimido suspiraba.

107

Este Evodio fue después obispo de Uzales, y se hizo muy ilustre por su virtud, por su ciencia y por los muchos y grandes servicios que hizo a la Iglesia. Este mismo es con quien habla San Agustín en el libro De quantitate animae, y en los De libero arbitrio.

108

En el poco tiempo que se detuvo en Roma, volviendo de Mil√°n para √Āfrica, escribi√≥ un libro¬†De las costumbres de la Iglesia cat√≥lica, otro¬†De las costumbres de los maniqueos¬†y el ya citado¬†De la cuantidad del alma¬†y los¬†Del libre albedr√≠o; de los cuales el segundo y el tercero dice que los concluy√≥ estando ya en √Āfrica.

109

La muerte de Patricio fue en el a√Īo 371, y habiendo quedado sola, tuvo m√°s proporci√≥n para no perder de vista a su hijo Agust√≠n y seguirle a Cartago, a Mil√°n, a Casiciaco y a todas partes adonde √©l iba, hasta morir en Ostia con √©l a la cabecera.

110

En estos siervos entiende aquí San Agustín a los que en otras partes llama santos, por estar especialmente consagrados a Dios y dedicados a su culto, como los eclesiásticos, los religiosos, las monjas.

111

Con esta misma expresión explicó el amor extremado que tenía a aquel amigo que se le murió en Tagaste, de quien habló en el libro IV, capítulo VI; pero aunque retracta aquella expresión, y le parece demasiada hablando del amor de su amigo, no la retracta ni modera hablando del que tenía a su santa madre.

112

Dice el Santo doctor que Dios le ha mandado que sirva a sus hermanos, aludiendo a lo que Su Majestad dijo por San Lucas (XXII, 26):¬†El que sea el mayor entre vosotros, h√°gase como el menor; y el que fuere presidente y prelado, h√°gase y p√≥rtese como el siervo y ministro de todos. As√≠ San Agust√≠n, aun siendo obispo, cumpl√≠a exact√≠simamente este precepto y no mandaba, sino que serv√≠a a sus cl√©rigos, a sus frailes, a todos sus inferiores y s√ļbditos.

113

Lo que ya soy, esto es, lo que ya he adelantado en la virtud; y lo que soy, esto es, lo que todavía me falta para enmendar y perfeccionar. Esto mismo lo dice de otro modo al principio de este capítulo en aquellas palabras: lo que por vuestra gracia he adelantado para acercarme a Vos, y... cuanto me estorbe el peso de mi corrupción. Pero los traductores no han explicado bien el quis jam sim, et quis adhuc sim del texto.

114

Anax√≠menes se enga√Īa. Este fil√≥sofo, que florec√≠a durante el cautiverio de los israelitas en Babilonia, ense√Īaba que el aire es infinito y que era el principio y causa de todas las cosas, aun de los mismos dioses. Fue disc√≠pulo de Anaximandro y maestro de Di√≥genes y de Anax√°goras, como dice el mismo Santo en el libro III¬†De Civitate Dei, cap√≠tulo II.

115

Aunque el Santo doctor conoció y adoptó las especies que se llaman intencionales de las cosas corpóreas, y las admitió en los sentidos externos e internos, no admitió especies inteligibles de las ciencias y artes, y otras cosas espirituales que, en sentencia del Santo, están impresas en nuestra alma y como congénitas con ella.

116

Es sentencia del Santo doctor que las cosas inmateriales las conocemos por sí mismas con conocimiento propio e intuitivo, no menos que las cosas sensibles. Por esto dice (libro IX, De Trinit., cap. III): Así como nuestra alma recibe por los sentidos del cuerpo las noticias de las cosas corporales, inmediatamente y por sí misma tiene las que pertenecen a las cosas incorpóreas.

117

√Čsta es una hermosa y elegante etimolog√≠a del verbo¬†cogitare, y ciertamente es la propia, porque el¬†pensar¬†consiste en¬†juntar y combinar muchos conceptos, para que as√≠ podamos formar nuestros juicios y discursos. Por lo que a la primera operaci√≥n del entendimiento, que llamamos¬†simple aprehensi√≥n o concepto, no le conviene con toda propiedad el nombre de cogitaci√≥n o pensamiento, porque no es colecci√≥n de varios conceptos, sino uno √ļnico y solo.

118

Platón llamó también a la memoria estómago del alma, pero aunque sirve mucho este ejemplo para explicar el asunto de que trata aquí San Agustín, el mismo Santo dice que no convienen en todo estómago y memoria, sino que en parte se pacen y en parte se distinguen.

119

Es muy verdadera esta sentencia y muy frecuente en San Agustín, que dice muchas veces que Dios es la vida de nuestra alma, como nuestra alma es la vida de nuestro cuerpo; y así como faltando el alma al cuerpo, muere éste, así faltando Dios al alma, se muere ésta. Véase el sermón XIII de San Agustín, De Martyribus.

120

En el capítulo XVII de este libro.

121

Aqu√≠ no se toma la continencia por la castidad, que hace que el hombre se abstenga de toda delectaci√≥n ven√©rea, sino m√°s generalmente por aquella virtud que es, seg√ļn Santo Tom√°s (2.¬™, 2.¬™, q. 155, a. 1 c.),¬†por la cual resiste el hombre a todos los deseos malos y desordenados. Lo cual todav√≠a no es virtud perfecta, sino como un principio e incoaci√≥n de las virtudes, y por eso es propia de los que comienzan a servir a Dios.

122

San Agust√≠n refiere en el libro¬†De dono perseverantiae¬†que leyendo en Roma un obispo en presencia de Pelagio estas mismas palabras de San Agust√≠n:¬†Da quod jubes, et jube quod vis, y admir√°ndolas como un excelente modo de pedir a Dios, Pelagio se alter√≥ tanto contra el obispo, que estuvo cerca de perderle el respeto. Pero ello es cierto que contienen un m√©todo f√°cil, pronto, s√≥lido y cristiano de hacer oraci√≥n a Dios en cualquiera dificultad que hallemos en la observancia de la ley diciendo con humildad y fervor:¬†Dadme, Se√Īor, lo que me mand√°is y mandadme lo que quer√©is. Porque hemos de estar en que nosotros somos suficientes por nosotros mismos para lo malo, pero para lo bueno y para cumplir los preceptos de Dios, no somos suficientes por nosotros mismos sin la gracia de Dios que lo intima. As√≠ como puede cualquiera cerrar sus ojos cuando quiere y dejar de ver; pero aun con ellos abiertos no podr√° ver si no le ayuda y le acompa√Īa la luz, como dice el mismo Santo doctor en el libro¬†De gestis Pelagii.

123

Da motivo a esta versión el leer aquí San Agustín Cum absorpta fuerit mors in victoriam, y no en el sexto caso in victoria, conforme a la Vulgata.

124

Esto es lo que propiamente significa la voz crapula en este pasaje de San Agustín, y en el de San Lucas, cap. XXI, 34, a que alude el Santo. Y deba distinguirse entre lo que es ebrietas y lo que es crapula, como el Santo las distingue, diciendo: que la primera está lejos de él, y pide a Dios que no se le acerque; la segunda está cerca, y pide a Dios que se la retire, aleje y aparte de él.

125

Solamente a San Agustín se debe esta noticia que nos da del grande Atanasio, obispo de Alejandría, y que prueba la pureza grande de intención que deseaba aquel Santo que tuviesen los que asistían a los divinos oficios en la iglesia.

126

Para que Jacob bendijese a sus dos nietos Manas√©s y Efra√≠m, hijos de Jos√©, los puso √©ste de modo que Manas√©s, que era el mayor, quedase a la derecha de Jacob, y Efra√≠m, que era el menor, a la izquierda. Pero Jacob, cruzando las manos, puso su derecha sobre Efra√≠m y la izquierda sobre Manas√©s, no obstante que Jos√©, padre de ambos, le advert√≠a lo contrario. Esto fue porque Jacob, ilustrado con la luz de profec√≠a, vio que el menor deb√≠a ser antepuesto y preferido al mayor, seg√ļn la voluntad de Dios.

127

Hace alusión al himno de San Ambrosio que comienza así: Deus creator omnium, que se cantaba al acabarse la luz del día y a la entrada de la noche. También cita este verso en el cap. XXVII del libro X*, y refiere las dos primeras estrofas del mismo himno en el cap. XII del libro IX.

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* [¬ęlibro XI¬Ľ en el original (N. del E.)]

128

San Agustín entiende por concupiscencia de los ojos la curiosidad, o el excesivo y desordenado deseo de ver y conocer cualesquier cosas, y claramente explica cómo la concupiscencia de la carne, que comprende todos los deleites de los sentidos, se distinga de esta otra concupiscencia o curiosidad, que no solamente apetece conocer y experimentar las cosas suaves y hermosas, sino también las cosas feas, ásperas y horrendas. También Santo Tomás (1.ª, 2.ª, q. 77, a. 5) dice que se entiende por esta concupiscencia, ya el deseo de un saber y conocer desordenado, ya el deseo de las mismas cosas que exteriormente se proponen a la vista.

129

Alude primeramente al texto de Isaías, que dice de Luzbel que intentó poner su trono a los lados del Aquilón, y como éste es el aire que hay más frío entre todos, porque viene del Septentrión, por donde nunca anda el sol ni puede andar (sino en la fábula de Faetón), allí todo es oscuridad y frío, y así metafóricamente significa el reino de las tinieblas y a su príncipe el demonio; y por eso dice aquí con hermosa alegoría San Agustín, que los soberbios que siguen al demonio en el Aquilón, están sin luz de fe en el entendimiento, y sin calor de caridad en la voluntad, pues ni hay luz ni calor en el Aquilón o Septentrión.

130

Siguiendo el ejemplo y fundamentos del padre J. M. de la Congregación de San Mauro, de los caps. XXXVII y XXXVIII, de otras ediciones, hemos formado uno solo, porque así lo pide la conexión de la materia.

131

√Čste es uno de los varios pasajes que en esta misma obra se pueden alegar en prueba de que favoreci√≥ Dios a San Agust√≠n y Santa M√≥nica, comunic√°ndoles algunas veces en esta vida la uni√≥n √≠ntima de Su Majestad. As√≠, la descripci√≥n que en otras partes y aqu√≠ hace el Santo de este singular favor es admirable y le da a conocer por cosa sobrenatural. Lo que el Santo doctor dice, puede servir para enmendar los t√©rminos e ideas con que los m√≠sticos modernos explican la uni√≥n √≠ntima con Dios, pues seg√ļn la doctrina de San Agust√≠n, no es m√°s que¬†un sentimiento extraordinario de amor de Dios y un exceso de dulzura, que si llegara a toda su perfecci√≥n, ser√≠a una cosa que infinitamente sobrepujara a todo cuanto hay delicioso en esta vida. San Pablo, que lo hab√≠a experimentado y que fue arrebatado al tercer cielo, no nos dijo m√°s que San Agust√≠n en este punto, como dice el padre J. M.

132

Estos tales fueron Pitágoras, Apolonio Tianeo, Porfirio, Proclo, Pselo, Máximo el Cínico, Juliano Apóstata y otros muchos, que siguiendo la doctrina de los caldeos y egipcios, creían que todos los entes sublunares habían sido puestos por el Creador del universo al cuidado de las potestades celestiales, que gobernaban a su gusto el principio, la duración y el fin de todas estas cosas de acá abajo; y que por medio de algunos sacrificios que se les ofrecían se hacían visibles y servían a los hombres de escala para elevarse y llegar hasta Dios.

133

En estas palabras vencedor y víctima alude el Santo a la etimología que tienen algunos del verbo vencer; pero en el latín se conoce mejor la alusión y hermosura que causa la cercanía de las voces victor y victima.

Por esto se entender√° mejor lo que a√Īade San Agust√≠n diciendo que Cristo Se√Īor Nuestro fue¬†sacerdote¬†y¬†sacrificio, porque uno y otro son derivados de¬†sacrum facere, que significa consagrar alguna cosa a la Divinidad. Pero en castellano (ni en otro idioma fuera del latino) tampoco se conocen esta y otras alusiones que usa el Santo, porque distan casi tanto entre s√≠ los sonidos de las voces como los significados.

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