Confesiones de San Agustín – Libro VII

Confesiones de San Agustín – Libro VII – Formato Audio y Texto

Confesiones de San Agustín - Libro VII

El «Confesiones de San Agustín – Libro VII» representa un momento crucial en la obra autobiográfica del santo, donde se profundiza en su búsqueda de la verdad y su lucha contra las dudas que lo asaltan en su camino hacia la fe cristiana. Este libro es esencial para comprender la evolución del pensamiento de Agustín y su eventual conversión, ofreciendo una mirada introspectiva a sus reflexiones filosóficas y teológicas durante este período de transición.

En este libro, Agustín narra su encuentro con el neoplatonismo, una corriente filosófica que juega un papel decisivo en su desarrollo intelectual y espiritual. A través de su estudio del neoplatonismo, Agustín comienza a vislumbrar una concepción de Dios que supera las limitaciones de las creencias maniqueas, con las que había estado previamente asociado. Este encuentro no solo enriquece su comprensión de la divinidad, sino que también lo lleva a reflexionar sobre temas como la naturaleza del mal, la creación y la relación entre el ser finito y el Ser absoluto.

El «Confesiones de San Agustín – Libro 7» destaca por su análisis detallado de estas cuestiones filosóficas y teológicas, presentando una fusión magistral de la filosofía griega con el cristianismo. Agustín explora la distinción entre el espíritu y la materia, la jerarquía de los seres y la teoría de la participación, donde todos los seres finitos son una participación del primer y absoluto Ser, que es Dios. Estas reflexiones marcan un punto de inflexión en su pensamiento, acercándolo cada vez más a la fe cristiana.

Este libro no solo es relevante para aquellos interesados en la religión y la filosofía, sino también para cualquier persona que busque entender las complejidades del cambio personal y la búsqueda del sentido en la vida. Al leer el «Confesiones de San Agustín – Libro VII«, los lectores se embarcan en un viaje que es tanto histórico como profundamente personal, proporcionando lecciones valiosas sobre la transformación espiritual y el poder de la fe.


Confesiones de San Agustín – Libro 7

Explica las ansias de su alma, que se fatigaba en la imaginación del mal; cómo llegó también a conocer que ninguna sustancia era mala; y que en los libros de los platónicos halló el conocimiento de la verdad incorpórea y del verbo divino, pero no halló su humildad y anonadamiento

Capítulo I

Cómo Agustín todavía imaginaba a Dios al modo de un ente corpóreo, que estaba difundido por todas partes y llenando unos espacios infinitos

1. Ya todo el tiempo de mi adolescencia mala y perversa se había pasado y comenzaba el de la juventud, siendo yo cuanto mayor en la edad62, tanto más torpe en la vanidad. Aunque yo no acertaba a imaginar sustancia alguna que no fuese corpórea y semejante a lo que suele percibir la vista, no imaginaba, Dios mío, que tuvieseis figura de cuerpo humano, porque desde que comencé a oír y saber algo de filosofía, siempre había huido de semejante pensamiento; y me alegraba de haber hallado esta misma verdad en la doctrina y creencia de nuestra madre espiritual, vuestra Iglesia católica. Pero no se me ocurría alguna otra idea que poder formar de Vos; al paso que no obstante ser yo hombre, y tan mal hombre, intentaba llegar a conoceros, siendo Vos el altísimo, único y verdadero Dios. Bien creía yo firmemente y con lo más íntimo de mi corazón, que Vos erais incorruptible, inviolable, incapaz de alteración y mudanza, pues sin saber yo de dónde o cómo tenía esta noticia, veía claramente y tenía por muy cierto que todo aquello que puede admitir corrupción no es tan bueno como lo que no puede corromperse, y lo inviolable o incapaz de padecer algún daño lo anteponía sin duda alguna, a lo que es violable o capaz de alteración, y lo que no padece mutación alguna lo tenía por mejor que todo lo que puede padecerla.

Esta creencia hacía que mi corazón clamase con vehemencia contra todos los fantasmas o ideas materiales que yo formaba imaginando vuestro ser; con sólo ese golpe procuraba espantar la multitud de   —129→   especies inmundas y corpóreas que, revoloteando alrededor de mi entendimiento, le confundían y ofuscaban. Apenas ellas se habían apartado de mí por un instante, cuando más amontonadas que antes volvían a presentarse y arrojándose de tropel sobre la vista de mi alma, me la oscurecían y anublaban de tal modo, que aunque yo no pensase que aquel mismo Ser incorruptible, inviolable, inconmutable, que yo prefería a todo lo corruptible, violable y mudable, tenía forma exterior de cuerpo humano, me veía precisado a pensar que era alguna cosa corpórea, que se extendía por todos los espacios y lugares, ya fuese infundida solamente en todas las cosas que hay dentro del mundo, ya también estuviese difundida por los espacios infinitos que se imaginan fuera del universo, porque todo lo que concebía sin orden ni respecto a algún espacio me parecía la nada sin ser alguno. Pero tan enteramente nada, que aunque no fuese como se imagina el vacuo, que es como si un cuerpo se quitara del lugar que ocupa y quedase el lugar vacío de todo cuerpo, ya terreno, ya acuoso, ya aéreo, ya celestial, sino que quedase el lugar vacío enteramente y desocupado, como un nada con extensión ancho y espacioso.

2. Yo, pues, como tal material y espeso en mis pensamientos, que aun para conocerme a mí mismo no estaba transparente y claro, pensaba que todo lo que no se extendiese por algunos espacios de lugar, o no se ensanchase, o no se juntase, o no se entumeciese, o no recibiese dentro de sí alguna cosa de esta calidad, o no fuese capaz de recibirla, no tenía ser alguno, y absolutamente era nada. Porque mi entendimiento no formaba otras ideas o imágenes interiores, sino semejantes a las formas o especies que recibían mis ojos y demás sentidos corporales; y no advertía ni reflexionaba que la interior potencia y facultad con que yo formaba aquellas mismas imágenes o ideas no era corpórea ni abultada, siendo no obstante alguna cosa grande, pues a no serlo, no podría formarlas.

Así, Dios mío, vida de mi vida, también imaginaba que, siendo Vos grande por infinitos espacios y lugares, llenabais y penetrabais por todas partes la gran máquina del universo. Que también fuera de ella, hacia cualquier parte que se considere, os extendíais por inmensos espacios que no tenían fin ni término alguno, de suerte que la tierra, el cielo y todas las cosas os poseyesen y por dentro y fuera estuviesen llenas y rodeadas de Vos, y dentro de Vos mismo tuviesen su fin y término, pero Vos no le tuvieseis por ninguna parte. Pues así como el cuerpo de este aire que está sobre la tierra no impide que la luz del sol le traspase y le penetre, no rompiéndole o dividiéndole, sino llenándole todo de su claridad, así juzgaba yo que penetrabais todos los cuerpos, no solamente del cielo, del aire, del mar, sino también de la tierra, y que todos ellos, en todas sus partes, grandes y pequeñas, eran respecto de Vos penetrables y como transparentes, para llenarse de vuestra presencia, que con oculta inspiración e influencia secretísima gobernáis todas vuestras criaturas por lo interior y exterior de todas ellas.

De este modo discurría entonces porque no estaba en estado de pensar otra cosa, pero era falso lo que pensaba, porque si aquello fuera cierto, la parte mayor de tierra tendría en sí mayor parte de vuestra sustancia, y la que fuese menor, tendría menor parte de Vos; y de tal suerte llenaríais todas las cosas, que tanto más tuviese   —130→   de Vos el cuerpo de un elefante que el de un pajarillo, cuanto el Cuerpo de aquél es mayor y ocupa más lugar que el cuerpo de éste: así estaríais dividido en tantas partes grandes y pequeñas cuantas hay en todo el universo, para comunicar y hacer presente a las grandes otra igual y tan gran parte de Vos, y a las pequeñas otra igual y tan pequeña parte vuestra. Pero no sois Vos así, aunque yo entonces no lo conocía, porque aún no habíais alumbrado las tinieblas de mi ignorancia.

Capítulo II

Argumento con que Nebridio impugnó a los maniqueos

3. Bástame, Señor, contra aquellos hombres engañosos y engañadores de otros, habladores mudos, porque no se oía de su boca vuestra divina palabra, bástame, digo, para confundir a los maniqueos el argumento que mucho tiempo antes, estando nosotros en Cartago, había propuesto Nebridio, que nos hizo mucha fuerza a todos los que le oímos. Porque preguntaba él: ¿qué haría contra Vos aquella no sé qué raza de tinieblas (que los maniqueos dicen ser una gran masa opuesta a Vos), dado caso que Vos no quisieseis pelear contra ella? Pues si responden que todavía podía haceros algún daño, sería decir que Vos no sois inviolable e incorruptible; si por el contrario, respondieran que de ningún modo os podría dañar o hacer algún perjuicio, en tal caso no pueden señalar causa o motivo de reñir y pelear, y menos para pelear y reñir como ellos dicen, esto es, de tal modo, que una porción o miembro de vuestra sustancia, una producción de vuestra sustancia misma, se mezclaría con las potestades contrarias a Vos, que eran naturalezas que Vos no habíais creado, y de tal suerte la corrompían y trocaban de buena en mala, que su felicidad y bienaventuranza se convertía en infelicidad y miseria, y venía a tener necesidad de auxilios que la librasen de aquel estado y la purificasen de las manchas que había contraído. Esta porción de vuestra sustancia decían que era nuestra alma, a la cual viéndola así esclavizada, manchada y corrupta, la venía a socorrer vuestro divino Verbo, que había quedado libre, puro y entero, pero que también él mismo era corruptible, como de la misma naturaleza y sustancia que había sido corrompida.

Por lo cual, si los maniqueos decían o confesaban que Vos o vuestra sustancia, sea ella la que fuese en sí misma, era incorruptible, se seguía claramente que todo aquello que decían era falso y detestable; y si decían que era corruptible vuestra sustancia propia, ello mismo se daba a conocer por falso y abominable desde luego. Bastábame, pues, este argumento solo contra los maniqueos para desechar y arrojar fuera de mí toda la doctrina de que me tenían imbuido y con que mi corazón estaba oprimido y angustiado, porque no tenían salida alguna que dar al argumento, sin que cayesen su corazón y su lengua en el horrible sacrilegio de creer y proferir estas blasfemias.

Capítulo III

Que el libre albedrío es la causa del pecado

4. Pero aunque yo confesaba y creía firmemente que Vos, mi Señor y verdadero Dios, sois incorruptible, invariable y por todas partes ajeno de mutabilidad y alteración, y que criasteis no solamente nuestras almas, sino también los cuerpos y generalmente todas las criaturas, todavía no entendía yo bien claramente cuál es la causa del mal o de lo malo; eso sí, conocía que cualquiera que ella fuese, debía buscarla de tal modo, que no me viese precisado por ella a creer que Vos, Dios y Señor inconmutable, erais capaz de alguna mudanza o variedad, para no hacerme yo malo a mí mismo, al indagar la causa de lo malo. Así la buscaba tan seguro de no dar en aquel desvarío, como estaba convencido y certificado de que no era verdad la doctrina de los maniqueos, que huía y detestaba con todo mi corazón, porque veía claramente que buscando ellos la causa y origen del mal, estaban llenos de maldad tan excesiva, que antes creían que vuestra naturaleza y sustancia malamente padecía, que el que la suya obrara malamente.

5. Yo me esforzaba cuanto podía para entender lo que había oído decir, esto es, que el libre albedrío de nuestra voluntad era la causa del mal que obrábamos y la rectitud de vuestro juicio la causa del mal que padecíamos; pero yo no podía entender esto clara y distintamente. Y así procurando sacar la atención de mi entendimiento de estas profundas tinieblas, volvía a sumergirme en ellas otra vez, y esforzándome repetidas veces a lo mismo, me hundía del mismo modo otras tantas veces.

Me levantaba algún poco hacia vuestra luz el saber yo con tanta certeza que tenía mi voluntad propia, como estaba cierto de que tenía vida. Así cuando quería o no quería algo, estaba certísimo de que yo mismo, y no otro, era el que quería o no quería aquello, y ya casi conocía que allí estaba la causa y principio de mi pecado.

También veía que hacer yo alguna cosa forzado y contra mi voluntad más era padecer que hacer, y esto juzgaba que no era culpa, sino pena, con la cual confesaba ser justamente castigado de Vos, a quien reconocía siempre como justo.

Mas otras veces decía: «¿Quién es el que me ha hecho? ¿Por ventura no es mi Dios, que no solamente es bueno, sino la misma bondad? Pues ¿de dónde me ha venido a mí el querer desordenadamente unas cosas63 y ordenadamente no querer otras, por manera que esta repugnancia fuese justa pena de aquella voluntad injusta? ¿Quién puso en mí este veneno? ¿Quién injirió en mi alma esta raíz de amargura,   —132→   habiendo sido yo todo y totalmente hecho por mi dulcísimo Dios? Si el diablo es el autor de este mal, ¿quién fue el que le hizo a él? Porque si él mismo por su mala y perversa voluntad, de buen ángel que era, se hizo y se mudó en demonio, ¿de dónde le vino a él esa mala voluntad con la cual se hizo demonio, supuesto que todo él fue criado bueno por el Hacedor de todas las cosas, que es infinitamente bueno?»

Con estos pensamientos volvía otra vez a sumergirme en mis tinieblas y ahogarme entre mis dudas; pero no me llevaban tan a lo hondo, que llegase a lo profundo del error de los maniqueos, donde ninguno confiesa Vuestra bondad infinita, cuando antes juzgan que Vos estáis sujeto a padecer males que el que los hagan los hombres.

Capítulo IV

Cómo necesariamente Dios es invariable e incorruptible

6. Del mismo modo procuraba entender claramente todo lo demás, así como había averiguado que lo incorruptible es mejor que lo corruptible, y por tanto, confesaba que cualquiera que fuese vuestro ser y naturaleza, precisamente había de ser incorruptible. Porque nadie pudo ni podrá jamás pensar cosa alguna que sea mejor que Vos, que sois el sumo y perfectísimo bien. Y como es verdad certísima que lo incorruptible se debe anteponer a lo que es corruptible, como yo lo conocía y ejecutaba, si Vos no fuerais incorruptible, pudiera mi entendimiento hallar alguna cosa mejor que Vos.

Conque allí mismo donde yo advertía que lo incorruptible es mejor que lo que puede corromperse, era donde debía buscaros y desde allí descubrir el origen del mal, esto es, el principio de la corrupción, de la cual no es capaz vuestra divina sustancia. Porque de ningún modo, por ninguna voluntad, por ninguna violencia, por ninguna casualidad, puede la corrupción manchar e inficionar la naturaleza de nuestro Dios, pues él es Dios, y todo lo que quiere para sí es de la linea del bien, y aun él mismo es el mismo bien que quiere, pero el poder corromperse no se ha juzgado jamás por bien alguno.

Ni tampoco cabe en Vos, Señor, el ser forzado a cosa alguna contra vuestra voluntad, ya que vuestra voluntad no es mayor que vuestro poder, a no ser que se diga que Vos sois mayor que Vos mismo, porque la voluntad y la potencia de Dios son el mismo Dios. Finalmente, ¿qué casualidad puede haber impensada para Vos, que sabéis y conocéis todas las cosas perfectísimamente? Además de que ninguna naturaleza ni criatura alguna existe sino porque Vos la conocéis.

Pero ¿para qué gasto tantas palabras en probar que la naturaleza de Dios no puede ser corruptible, cuando es evidente que si lo fuera no sería Dios?

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Capítulo V

Vuelve otra vez a inquirir de dónde provenga el mal y cuál será su origen y raíz

7. Yo buscaba el origen del mal, y siendo así que lo buscaba malamente no echaba de ver el mal que había en el mismo modo con que le buscaba. Ponía yo delante de los ojos de mi alma todo lo que habéis creado, ya sean las cosas que podemos ver, como la tierra, el mar, el aire, los astros, los árboles y los animales, ya también todas las cosas que no vemos, como son el firmamento con todos los ángeles y todos los entes espirituales del universo; pero también estas cosas las fue colocando mi fantasía en diversos y respectivos lugares, como si verdaderamente fueran cuerpos. De todo ello formé en la imaginación como una gran masa compuesta de los distintos géneros de cuerpos de vuestras criaturas, tanto de aquéllos que eran verdaderos cuerpos, como de los otros que yo había fingido y apropiado a los espíritus. Yo imaginaba esta masa muy grande y extensa, no tanto como ella lo fuera en sí misma, que esto no podía saberlo a punto fijo, sino cuanto le pareció a mi fantasía, pero siempre me la representaba finita y limitada por todas partes.

Después, os concebía a Vos, Señor, como una sustancia infinita sin término ni límite alguno, que rodeaba y penetraba por todas partes aquella gran masa: así como si el mar lo llenase todo y hacia todas partes por espacios inmensos sólo hubiese un infinito mar, y dentro de sí tuviese una esponja que aunque fuese muy grande, fuera limitada y finita, esta esponja verdaderamente estaría por todas partes rodeada y llena de aquel inmenso mar.

Así juzgaba yo que todas vuestras criaturas, que son finitas y limitadas, estaban por todas partes circunvaladas y llenas de Vos, que sois infinito, y decía: veis aquí a Dios y veis aquí todo lo que Dios ha creado; Dios es bueno y su bondad excede infinitamente a todo el conjunto de sus criaturas; mas como él es sumamente bueno, todas las cosas las crea buenas, y ved ahí cómo todas las abraza y llena de su bondad. Pues ¿en dónde está el mal?, ¿de dónde ha dimanado?, ¿por dónde se ha introducido en el universo?, ¿cuál es la raíz que lo produce?, ¿de qué semilla nace?

¿Acaso diremos que el mal no tiene ser alguno? Pues ¿por qué tememos y evitamos lo que no hay ni tiene ser? Y si es que tememos vanamente y sin fundamento, sin duda que este temor ya es algún mal que inútilmente atormenta y despedaza nuestro corazón, y este mal será tanto más grave cuanto más tememos no habiendo que temer. Por lo cual, o hay algún mal que temamos, o el mal que hay es que tememos. Pues ¿de dónde vino este mal? Porque Dios, siendo todo bondad, hizo buenas todas estas cosas. El mayor y sumo bien hizo las criaturas que son bienes menores; pero así el Creador como las cosas creadas, todo es bueno. Pues ¿de dónde nace el mal?

¿Será acaso que la materia de que hizo Dios todas las criaturas era en sí misma alguna cosa mala, y Dios la formó y ordenó, pero dejó algo en ella que no lo ordenase y convirtiese de mal en bien? Y si fue así, ¿qué causa hubo para esto? ¿Acaso no podía convertirla toda y mudarla en bien de modo que no quedase en ella nada   —134→   de malo, siendo Él todopoderoso? Finalmente, ¿por qué quiso servirse de ella para formar de allí sus criaturas, y no usar de su misma omnipotencia para destruirla enteramente y aniquilarla? ¿O podrá decirse que ella podía existir contra la voluntad de Dios? Aun suponiendo que fuese eterna, ¿por qué la dejó durar antecedentemente por infinitos espacios de duraciones64 y tanto después tuvo por bien servirse de aquella materia, y hacer de ella alguna cosa? Y ya que repentinamente determinó y quiso hacer alguna obra, como omnipotente que es, comenzara antes aniquilando y deshaciendo enteramente aquella materia; y si así hubiera quedado Él siendo el todo, el verdadero, sumo e infinito bien. Y si no era conveniente a su bondad el que sólo destruyese y no fabricase al mismo tiempo y produjese algún bien, siendo Él tan bueno, destruida aquella mala materia y reducida a la nada, podía haber creado otra buena, de la cual produjese todas las cosas. Porque no sería todopoderoso si no pudiera hacer algo bueno sin ayuda de aquella materia que Él no había creado.

Ve aquí las cosas que yo andaba revolviendo en mi infeliz espíritu lleno de cuidados que le consumían, causados del temor de la muerte y de no hallar la verdad; pero estaba firmemente arraigada en mi corazón la fe que en la católica iglesia se tiene de vuestro Hijo Jesucristo, Señor y Salvador nuestro; y aunque a la verdad era mi fe todavía imperfecta en muchas cosas y se salía fuera de las reglas de la sana doctrina, con todo no la dejaba mi alma, antes bien cada día se iba instruyendo e imbuyéndose más y más en ella.

Capítulo VI

Desecha Agustín por vanas y engañosas las adivinaciones de los astrólogos

8. Ya también había yo desechado enteramente las engañosas predicciones y sacrílegas locuras de los astrólogos; y éste es, Dios mío, uno de los efectos de vuestras misericordias, por el cual os debo confesar y bendecir con todas las fuerzas de mi alma. Pues, Vos, Señor, Vos y no otro fuisteis quien me hizo este beneficio. Porque ¿quién puede librarnos y apartarnos de la muerte que nos acarrea todo error, sino Vos, que sois la vida que no puede morir y la sabiduría que sin necesitar de luz alguna ilumina los entendimientos que la necesitan, la misma con que es regido y gobernado todo el universo, hasta las hojas de los árboles que se lleva el viento?

Vos procurasteis el remedio de aquella mi terquedad con que resistí y me opuse a Vindiciano65, que era anciano agudo y docto,   —135→   y a Nebridio, que era joven de un talento admirable: cuando el primero afirmaba resueltamente y el segundo, aunque con alguna duda, repetía muchas veces que no hay arte alguno para conocer las cosas venideras; pero que las conjeturas de los hombres tienen muchas veces fuerza, de suerte que diciendo los hombres multitud de cosas acertaban por casualidad a decir, entre tantas, algunas de las que han de suceder, sin saberlo los mismos que lo decían, sino tropezando a ciegas con la verdad de algunos sucesos, en fuerza de lo mucho que hablan.

Vos, pues, Señor, hicisteis que yo tomase amistad con un hombre que acostumbraba consultar a los astrólogos sobre varios asuntos, aunque él no sabía mucho de la astrología, pero los consultaba, digo, por curiosidad, el cual sabía cierta especie, que decía habérsela oído a su padre, pero no advertía él mismo cuán poderosa era aquella especie para echar a rodar la opinión y crédito de tal arte. Éste, pues, que se llamaba Fermín, sujeto instruido en las artes liberales y en la elocuencia, hablándome como a su mayor amigo sobre ciertas cosas suyas, a las cuales aspiraba por la esperanza grande que tenía de adelantar su fortuna, me instaba que le dijese el juicio que yo formara de aquellas pretensiones, según su horóscopo y constelaciones que le correspondían; y yo, que por entonces ya había comenzado a inclinarme a la sentencia de Nebridio, no me excusé de hacer mis conjeturas y decirle lo que me ocurría como dudosamente; pero le añadí que estaba casi persuadido y convencido de que todas aquellas cosas y observaciones eran vanas y ridículas.

Entonces él me contó que su padre había sido curiosísimo en la referida facultad, habiendo juntado y manejado muchos libros de esta materia, y que había tenido un amigo igualmente dedicado a la misma facultad, que habían estudiado juntos; que con igual deseo de adelantar en ella, conferenciaban los dos, y se comunicaban mutuamente sus reflexiones, como soplando y avivando el fuego que ardía en su corazón de adelantar en un estudio tan vano, de modo, que aun en los brutos que nacían en casa de ellos observaban los instantes de su nacimiento y la posición de los astros respecto de aquellos mismos instantes, para sacar de allí algunas experiencias con que apoyar aquella especie de arte.

Así, refería él que había oído decir a su padre que al tiempo que su mujer y madre del mismo Fermín estaba embarazada de él, estaba también encinta una criada de aquel amigo de su padre, lo cual no se le pudo encubrir al amo, que con las más exquisitas diligencias procuraba examinar y saber aun los partos de las perritas de su casa. Y que había sucedido que teniendo en cuenta el padre de Fermín con el parto de su mujer y el otro amigo suyo con el de su criada, y contando uno y otro con la mayor exactitud los días, las horas, minutos y segundos de la preñez de entrambas, vinieron a parir las dos al mismísimo tiempo; de modo que se vieron forzados a aplicar a los recién nacidos las mismas constelaciones, sin distinción alguna, que el uno había observado para su hijo y el otro para su siervo. Porque luego que a las dos mujeres les comenzaron los dolores de parto, se avisaron los dos amigos mutuamente lo que pasaba en la casa de uno y otro, y previnieron mensajeros de ambas partes,   —136→   que al punto que supiesen lo que había nacido en cada una de las casas, lo avisasen a la otra sin dilatación alguna. Y como dueños que eran respectivamente de sus casas, con mucha facilidad habían dispuesto que al instante que se verificase el parto, se le hiciese saber al mensajero que estaba prevenido. Y así decía que los dos que habían sido enviados, se vinieron a encontrar uno a otro puntualmente en medio del camino y en tal distancia de las dos casas, que ni el padre de Fermín ni su amigo pudiesen notar diversa posición de astros, ni la más mínima diferencia de tiempo con que distinguir el horóscopo de los dos recién nacidos; y no obstante Fermín, como nacido de familia distinguida en su país, seguía las carreras más lustrosas del siglo, se iba aumentando en riquezas y sublimando en honras; y el otro, sin poder sacudir el yugo de su servidumbre, servía como esclavo a sus señores, según contaba el mismo Fermín, que le había conocido.

9. Oídas por mí estas cosas, y creídas también por habérmelas contado tal sujeto, toda aquella oposición y resistencia que yo había hecho a las persuasiones de Vindiciano y Nebridio se desarmó enteramente y se deshizo. Y lo primero que intenté fue apartar al mismo Fermín de aquella vana curiosidad, diciéndole: que para responderle con verdad a lo que me había preguntado después de contempladas bien sus propias constelaciones, había de haber visto en ellas que sus padres eran de lo más principal que había en su tierra, que su linaje y familia eran de la mayor nobleza de su propia ciudad, que habían concurrido en su nacimiento las circunstancias más honrosas que había tenido buena crianza, y los progresos que había hecho en el estudio de las artes liberales. Pero si aquel otro siervo me hubiera consultado sobre las mismas constelaciones (que correspondían a su nacimiento del mismo modo que al de Fermín), para que yo pudiera responderle la verdad, sería también necesario haber visto en ellas la bajeza de su linaje, su condición servil y todas las demás circunstancias suyas, que eran tan distintas y contrarias de las otras que allí mismo había yo antes visto y descubierto. Conque si viendo unas mismas constelaciones e influencias tenía que pronosticar y decir distintas y contrarias si había de acertar, y si pronosticaba los mismos acaecimientos y las mismas cosas al uno y al otro, erraba precisamente mi pronóstico, es argumento certísimo que prueba evidentemente que aquellas cosas que se aciertan después de vistas y observadas las constelaciones, se aciertan por casualidad y no por arte ni reglas; y al contrario, que si las predicciones de esta clase salen falsas, no es por ignorancia de aquel arte, sino por falibilidad y yerro de la suerte.

10. Tomando de aquí principio y meditando todo esto dentro de mí mismo para que ninguno de aquellos delirantes que vivían de hacer estas predicciones (con los cuales deseaba yo verme para argüirlos y ridiculizarlos), burlase la fuerza del argumento, con decir que Fermín me habría engañado a mí en aquella relación, o que su padre le habría engañado a él, para evitar, digo, que tuviesen este efugio, puse la consideración en el nacimiento de los que nacen juntos y se llaman mellizos: muchos de los cuales nacen tan inmediatamente uno tras otro, que aquel brevísimo espacio que media entre los dos,   —137→   por más fuerza que tenga en la naturaleza para diferenciarlos, según pretenden los astrólogos, no hay diligencia ni observación humana que baste a conocerle o advertirle; ni puede señalarse en aquellos caracteres y figuras que tiene que mirar el astrólogo para hacer verdaderos sus pronósticos. Pero es imposible que en este caso salgan verdaderos, porque mirando unos mismos caracteres y figuras que correspondían al nacimiento de Jacob y Esaú, debería un astrólogo pronosticar las mismas cosas respecto de entrambos, siendo así que en uno y otro fueron muy diferentes los sucesos. Conque si para entrambos anunciaba las mismas cosas, salían falsos sus pronósticos; y si salían verdaderos, sería no anunciando ni diciendo las mismas cosas para entrambos, no obstante que eran unas mismas las figuras y caracteres que veía convenir al uno y al otro: de donde se sigue, que si hubiera acertado en sus pronósticos, acertaría por casualidad, y no por regla de alguna ciencia o arte.

Vos, Señor, que perfectísimamente gobernáis todo el universo, hacéis por medio de un influjo y dirección imperceptible que cuando alguno consulta a los astrólogos sobre algún suceso, sin saberlo ni advertirlo los consultados, ni los que los consultan, cada uno reciba aquella respuesta que le corresponde, atendidos los méritos de su alma: nace aquella respuesta del abismo impenetrable de vuestro juicio, siempre justo y recto, que ningún hombre debe extrañar, diciendo: ¿Qué viene a ser esto?, ¿para qué es esto? No diga tal cosa, no la diga, porque él no puede salirse de los límites de hombre.

Capítulo VII

De las graves penas que le causaba a Agustín el averiguar la causa y principio del mal

11. Ya Vos, Señor, me habíais librado de aquellas cadenas, cuando me ocupaba en buscar el origen del mal y no hallaba salida a mis dificultades. Pero no permitíais Vos que por más olas de varios pensamientos que me combatiesen, fuesen poderosas para apartarme de aquella fe con que creía vuestra existencia, y que sois una sustancia inconmutable; creía la providencia con que tenéis cuidado de los hombres y los juzgáis, y que en Jesucristo vuestro Hijo y Señor nuestro, y en las Santas Escrituras, que aprueba y recomienda la autoridad de vuestra Iglesia católica, habíais dispuesto a los hombres el camino de la salud por donde han de llegar a conseguir aquella vida dichosa que ha de haber después de nuestra muerte.

Salvas estas verdades y fijadas en mi alma inalterablemente, buscaba con ansia cuál sea el principio y origen que tiene el mal. ¡Y qué tormentos y dolores como de parto sufrió mi corazón para salir de esta duda, y qué gemidos le costó, Dios mío! Vos lo estabais oyendo sin saberlo yo. Cuando en el mayor silencio buscaba esta causa del mal con más fino ahínco, aquel silencioso tormento que deshacía mi corazón era una voz muy grande que llegaba a vuestra misericordia. Sólo Vos, y no hombre alguno, sabíais lo que yo estaba padeciendo. Porque de estas ansias mías, ¿cuánto era lo que por mi boca venía a descubrirse a mis amigos más íntimos y familiares? ¿Por ventura   —138→   llegaba a sus oídos todo aquel gran tumulto de mi alma, para cuya explicación no había tiempo ni lengua que bastase? Pero todo llegaba a vuestros oídos, y lo que gimiendo bramaba mi corazón, y todos mis deseos os eran muy patentes, pero la luz que había de aclarar mis ojos me faltaba, porque ella estaba dentro de mi alma y no andaba por fuera. Ni ella ocupa algún lugar; y yo la buscaba entre aquellas cosas que le ocupan, y así no hallaba lugar alguno para mi descanso; ni estas cosas corpóreas me detenían tanto, que pudiese decir: Estoy bien, esto me basta, ni dejaban que me apartase de ellas para volver adonde me fuese bastantemente bien. Porque yo era superior a todas estas cosas, aunque inferior a Vos, y sólo Vos pudierais ser mi verdadero gozo, si yo estuviera sujeto y subordinado a Vos, que las cosas inferiores que criasteis, las sujetasteis a mí. Y éste era aquel igual y bien regalado temperamento que yo había de haber tenido en mis acciones y la región media que convenía a mi salud para permanecer como hecho a imagen vuestra, por manera que perseverando en serviros y obedeceros a Vos, dominase yo a mi cuerpo y él me obedeciese a mí. Pero en castigo del pecado con que me sublevé contra Vos soberbiamente y os hice guerra, corriendo contra mi legítimo Señor, escudado solamente de mi orgullo y osadía, todas las criaturas que me eran inferiores se habían levantado también contra mí y se habían puesto sobre mí, oprimiéndome tan fuerte y pesadamente, que por parte ninguna me permitían algún desahogo, ni tomar aliento. Si abría los ojos, no descubría por todas partes sino esas mismas criaturas, que amontonadas y de tropel se entraban por mis ojos; si me ponía a examinar y pensar lo que había visto, no se me presentaban a la imaginación y al pensamiento sino imágenes corpóreas; y si quería retirarme y apartarme de ellas, se me volvían a poner delante, como si me dijeran: ¿Adónde piensas ir, indigno y sucio?

Estos sentimientos provenían de mis llagas, con las cuales Vos quisisteis humillar al soberbio, poniéndole como a un hombre todo llagado; creciendo la hinchazón de mi soberbia, me separaba de Vos, y llegó la inflamación a apoderarse tanto de mi rostro, que ya me tenía con los ojos cerrados.

Capítulo VIII

Cómo la divina Misericordia socorrió entre estas ansias a Agustín

12. Pero aunque Vos, Señor, eternamente permanecéis, vuestro enojo no permanece eternamente contra nosotros, pues tuvisteis compasión de mí, que soy tierra y ceniza y fue del agrado vuestro el reformar mis deformaciones, y así, con interiores estímulos me inquietabais para que no sosegase hasta tener conocimiento de Vos, por medio de la vista de mi alma. Se iba disminuyendo mi hinchazón, con el medicamento que ocultamente me aplicaba vuestra divina mano; y la turbada y oscurecida vista de mi alma se iba aclarando y sanando de día en día con el fuerte colirio de los saludables dolores que interiormente pasaba.

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Capítulo IX

Cómo en los libros platónicos halló Agustín establecida la divinidad del Verbo eterno, pero no halló cosa alguna de lo perteneciente a su encarnación

13. Primeramente queriendo Vos hacerme conocer cuánto resistís a los soberbios, y cuán segura tienen vuestra gracia los humildes, y con cuánta misericordia mostrasteis a los hombres el camino de la humildad, pues se hizo hombre vuestro divino Verbo y habitó entre los hombres, dispusisteis que por medio de un hombre lleno de una soberbia intolerable viniesen a mis manos66 unos libros de los platónicos, traducidos de la lengua griega a la latina.

En estos libros hallé (no con las mismas palabras con que yo lo refiero, pero sí las mismas cosas y sentencias puntualísimamente) apoyado con muchas pruebas y gran multitud de razones, que en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y Dios era el Verbo: Éste estaba desde el principio con Dios. Que todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada se hizo. Lo que se hizo en Él es vida, y la vida era la luz de los hombres, y la luz luce en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. Que aunque el alma del hombre dé testimonio de la luz, no obstante, ella misma no es la luz, sino que el Verbo de Dios, que es Dios, es la verdadera luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Y que Él estaba en este mundo y el mundo fue hecho por Él, y el mundo no le conoció.

Pero que Él vino a los suyos, y los suyos no le recibieron, y que a todos los que creyendo en su nombre le recibieron, les concedió la potestad de hacerse hijos de Dios; esto no lo leí ni encontré en aquellos libros.

Leí también allí que Dios Verbo no nació de la carne ni de la sangre, ni por voluntad de varón ni voluntad de la carne, sino que nació de Dios. Pero que el Verbo se hizo carne y que habitó entre nosotros no lo leí allí.

14. Hallé también esparcido por aquellos libros, dicho de varios modos y repetidas veces, que teniendo el Hijo la misma forma del Padre, nada le usurpa en juzgarse igual a Dios, porque naturalmente lo es. Pero que se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo hecho semejante a los hombres, y fue reputado y tenido por hombre que se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, y que por todo esto Dios le resucitó de entre los muertos, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se arrodillen todas las criaturas en el cielo, en la tierra y en los infiernos, y toda lengua confiese que Nuestro Señor   —140→   Jesucristo está en la gloria de Dios Padre; esto no se contenía en aquellos libros.

También se dice allí que antes de todos los tiempos, y sobre todos los tiempos, es y permanece inconmutablemente vuestro unigénito Hijo, coeterno a Vos, y que de su plenitud reciben las almas lo que las hace bienaventuradas, y también que participando de aquella infinita sabiduría que en sí misma es permanente y eterna, se renuevan ellas y se hacen sabias. Mas que padeció Él muerte temporal por los pecadores, y que no perdonasteis a vuestro Hijo único, sino que le entregasteis a la muerte por todos nosotros, no se refiere allí. Porque estos misterios de la humildad de Jesucristo los escondisteis y ocultasteis a los sabios, y los revelasteis y descubristeis a los pequeñuelos, para que los que padecen trabajos y se ven agobiados con pesadas cargas, vengan a buscar a Jesús, y él los alivie y conforte, porque es manso y humilde de corazón. Así, a los que imitan su blandura y mansedumbre, los guía a la justicia y santidad, y les enseña a seguir los caminos que él anduvo; y viendo con ojos compasivos nuestra humildad, nuestros trabajos y fatigas, nos perdona todos nuestros pecados. Pero aquéllos que, soberbios y engreídos por parecerles que poseen la más sublime doctrina, no atienden al Maestro que les dice: Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas; aunque conocen a Dios, no le glorifican como corresponde a Dios, ni le dan gracias, sino que se desvanecen con sus propios pensamientos y su necio corazón se cubre de tinieblas; por manera que diciendo ellos que son sabios, se hacen conocidamente fatuos.

15. Encontré allí también que la gloria debida solamente a Dios incorruptible estaba trasladada y atribuida a los ídolos y vanos simulacros, hechos a semejanza del hombre corruptible, y de aves, de cuadrúpedos y de serpientes. Esto era puntualmente apetecer aquel manjar de Egipto por el cual dejó y perdió Esaú su mayorazgo, es decir, que aquel pueblo que habíais escogido y privilegiado como a primogénito, teniendo su corazón y voluntad puestos en las cosas de Egipto, honró en lugar de Vos y dio adoración y culto a la cabeza de un animal cuadrúpedo, abatiendo su alma, que es imagen vuestra, delante de la imagen y figura de un becerro que se apacienta de hierba.

Este manjar67 de idolatría hallé en aquellos libros, pero no quise alimentarme de él. Porque Vos, Señor, fuisteis servido de quitar el oprobio de Jacob, haciendo que el hermano que era mayor sirviese al menor; y también llamasteis a los gentiles para que fuesen vuestro pueblo y heredad, como antes los judíos. Y como yo era de los gentiles que Vos habíais llamado y habían venido al conocimiento vuestro, en aquella leyenda no hice más que coger68 el oro que Vos   —141→   mandasteis a vuestro pueblo quitar a los de Egipto, porque aquel otro en cualquiera parte que estuviera, siempre era vuestro. Que también dijisteis a los atenienses, por boca de vuestro Apóstol, que en Vos vivimos, nos movemos y existimos, como ya lo habían dicho antes algunos de sus sabios; y los libros de que hablo también eran de allí69. Pero al leerlos yo, no hice caso ni puse mi atención en los ídolos de los egipcios, a cuyo culto hacían servir aquellos autores el oro que es tan vuestro, dando a la mentira de un simulacro la adoración debida al Dios verdadero, y adorando y sirviendo a la criatura en lugar del Creador.

Capítulo X

Cómo las verdades divinas se le iban ya descubriendo más claramente

16. Todo esto sirvió de amonestarme que volviese hacia mí mis reflexiones y pensamientos, y guiándome Vos, entré hasta lo más íntimo de mi alma; y pude hacerlo así porque Vos os dignasteis darme auxilio y favor. Entré y con los ojos de mi alma (tales cuales son) vi sobre mi entendimiento y sobre mi alma misma una luz inconmutable; no ésta vulgar y visible a todos los ojos corporales ni semejante a ella, o que siendo de su misma especie y naturaleza, se distinguiese en ser mayor, como sucedería si esta luz corporal fuese aumentando más y más su claridad y resplandor, y extendiéndose tanto, que ocupase con su grandeza el universo. No era así aquella luz de este género, sino otra cosa muy distinta y superior infinitamente a todo lo que vemos. Ni tampoco estaba sobre mi entendimiento, al modo que el aceite está sobre el agua o el cielo sobre la tierra, sino que estaba superior a mí, como el Creador respecto a sus criaturas, porque ella misma es la que me creó, y yo estaba debajo, como que soy hechura suya. El que conoce la verdad, conoce esta soberana luz; y el que la conoce, conoce la eternidad. La caridad es quien la conoce.

¡Oh, eterna Verdad, y verdadera caridad, y amada eternidad! Vos sois, Dios mío, por quien de día y de noche suspiro. Desde el primer momento en que os conocí, me elevasteis a que conociese con vuestra luz que había infinito que ver y que yo todavía no estaba capaz de verlo. Y fueron tan claros y activos los rayos de la luz con que iluminasteis mi alma, que deslumbrada la flaqueza de mi vista, no pudo resistir la vehemencia de luz tan excesiva: todo me estremecí de amor y espanto; hallé que estaba yo muy lejos de Vos y muy desemejante, y como que oía vuestra voz allá desde lo alto, que me decía: Yo soy manjar de los que son ya grandes y robustos: crece, y entonces te serviré de alimento. Pero no me mudarás en tu sustancia propia, como le sucede al manjar de que se alimenta tu cuerpo, sino al contrario, tú te mudarás en mí. Entonces eché de ver que para mi enseñanza y en pena de mi maldad habíais dejado que mi alma se disipase y consumiese inútilmente como la araña, y hablando conmigo mismo dije: ¿juzgarás ya por ventura que la verdad es nada y que no tiene existencia porque no está esparcida ni se difunde por   —142→   lugares y espacios finitos ni infinitos? Y Vos, Señor, como desde muy lejos disteis una voz, diciendo: Antes bien al contrario. Yo soy el que existo. Habiendo oído esto, como se suelen oír en el alma las hablas interiores, quedé certificado sin tener de qué dudar, de modo que primero dudaría si yo estaba vivo, que dudase de la existencia de aquella verdad que se ve y conoce por las criaturas.

Capítulo XI

Cómo las criaturas en cierto modo son y no son

17. Y mirando todas las demás cosas que están debajo de Vos, vi que absolutamente no se pudiera afirmar, ni que de todo punto tenían ser, ni que de todo punto dejaban de tenerle. Que tienen ser verdadero porque Vos las habéis creado; que no lo tienen porque no tienen el ser que tenéis Vos, y sólo existe y tiene ser, verdaderamente, lo que siempre permanece inconmutable. Así mi bien consiste en estar unido con mi Dios, pues si en Él no permanezco, menos podré permanecer en mí mismo. Pero Dios da nuevo ser a todas las cosas, permaneciendo él mismo sin novedad alguna; y como no tiene necesidad de mí ni de mis bienes, le reconozco por mi Señor y mi Dios.

Capítulo XII

Que todas las cosas que son o existen son buenas

18. También me hicisteis conocer, Señor, que todas las cosas que se corrompen son buenas, porque no pudieran corromperse si no tuvieran alguna bondad, ni tampoco pudieran si su bondad fuera suma, pues si fueran sumamente buenas, serían incorruptibles, y si no tuvieran alguna bondad no hubiera en ellas cosa alguna que se pudiera corromper.

Porque es certísimo que la corrupción causa algún daño, y si no disminuyera algún bien, no lo causaría. Luego o se ha de decir que la corrupción no causa daño alguno, lo cual es falso e imposible, o se ha de confesar que todas las cosas que se corrompen se privan de algún bien con la corrupción, lo cual es certísimo y evidente.

Y si se privaran enteramente de toda su bondad, absolutamente dejarían de ser, porque si todavía existieran sin bondad alguna, quedarían incapaces de ser corrompidas, y por consiguiente, mucho mejores que antes, pues permanecerían incorruptibles. ¿Y qué desatino más monstruoso se puede imaginar que el decir que perdiendo aquellas cosas toda la bondad que tenían se habían hecho mejores de lo que antes eran? Conque es evidente que si se privaran enteramente de toda su bondad, absolutamente dejarían de ser: luego, mientras que tienen ser, tienen alguna bondad, y así es cierto que todas las cosas que son, son buenas. Lo cual prueba convincentemente que el mal, cuyo principio andaba yo buscando, no es alguna sustancia, porque si lo fuera, algún bien sería. Pues o había de ser una sustancia incorruptible, y esto era un bien muy grande, o sustancia corruptible, la cual, si no tuviera alguna bondad, no pudiera corromperse.  —143→  

Así llegué a conocer claramente, y Vos me lo manifestasteis, que todas las cosas que Vos hicisteis son buenas, y que no hay sustancia alguna en todo el mundo que Vos no la hayáis creado. Y por lo mismo que no hicisteis todas las criaturas iguales en bondad, por eso mismo son todas y tienen su propio y distinto ser: cada una de por sí tiene su particular bondad y, miradas todas juntas, son muy buenas, porque nuestro Dios y Señor hizo todas las cosas, no buenas solamente, sino en grado superlativo muy buenas.

Capítulo XIII

Cómo todas las criaturas dan alabanzas a Dios

19. Por tanto, Dios mío, no es posible algún mal que os perjudique a Vos ni os haga el más leve daño, ni tampoco hay mal alguno que lo sea respecto de todo el universo, porque fuera de él no hay cosa alguna que pueda introducirse a perturbarle o a destruir el orden que Vos habéis determinado y establecido en él. Es verdad que algunas de sus partes no son convenientes a algunas otras, y por eso se tienen por malas y nocivas, pero esas mismas son convenientes y provechosas a otras, y son verdaderamente buenas en sí mismas. Todas las criaturas que entre sí son opuestas y desconvenientes, convienen mucho a la parte inferior del universo, que llamamos tierra, la cual tiene también su cielo oscurecido con nubes y alborotado con vientos, y es lo que ha menester y le conviene.

Bien lejos me hallaba yo de decir como antes: mejor sería que no hubiese estas cosas, porque aun dado caso que sólo viese en el mundo estas criaturas desconvenientes entre sí y contrarias, desearía, sí, que las hubiese mejores, pero aun por solas aquéllas debería en tal caso daros alabanzas, porque claramente muestran que merecéis ser alabado; hasta los dragones y serpientes de la tierra, y todos los abismos y profundidades del agua; el fuego, el granizo, la nieve, el hielo y los aires tempestuosos, que no hacen más que obedecer vuestro mandato; los montes y todos los collados; los árboles fructíferos y todos los cedros; los animales feroces y las reses mansas; los que andan arrastrando por la tierra y los que vuelan por los aires; los reyes de la tierra y todos los pueblos, los príncipes y todos los jueces de la tierra, los jóvenes y vírgenes, y los ancianos juntamente con los de poca edad, alaban y bendicen vuestro nombre.

Al ver que no solamente os alaban todas estas criaturas terrenas, sino también las del cielo, pues se ocupan en alabaros desde las alturas todos vuestros ángeles, todas las virtudes, el Sol y la Luna, todas las estrellas y la luz, los cielos de los cielos y las aguas que están sobre los cielos, todos, todos alaban vuestro nombre, ya no deseaba que hubiese otras mejores criaturas, porque las contemplaba todas de una vez; y aunque juzgaba con más prudente juicio que las cosas superiores tenían mayor bondad que las inferiores, pero también conocía que juntas ellas todas eran mejores que las superiores solas.

  —144→  

Capítulo XIV

Que al hombre cuerdo ninguna cosa desagrada de cuantas Dios ha creado

20. No están en su sano juicio los que se desagradan de alguna de vuestras criaturas, como yo no lo estaba cuando no me gustaban muchas de las cosas que Vos habéis creado. Y porque mi alma no se atrevía a descontentarse de Vos, Dios mío, no quería reconocer por obra vuestra la que me desagradaba. De aquí provino el seguir la sentencia de las dos sustancias, pero no se aquietaba mi alma con aquel sistema y hablaba cosas extrañas. Y retirándose de él, llegó mi alma a formar allá a su modo un dios, que se extendía por infinitos espacios y ocupaba todos los lugares, y juzgaba que Vos erais este dios, al cual había colocado en su corazón: así es como ella se había hecho segunda vez templo abominable a Vos de aquel ídolo suyo. Pero después que Vos curasteis mis delirios e ignorancias y me hicisteis cerrar los ojos de mi entendimiento para que no mirase ni atendiese a las quimeras vanas que interiormente vela, cesé algún tiempo de imaginar fantásticas ideas y se adormeció aquella mi locura. Al fin, desperté para pensar en Vos y vi que verdaderamente sois infinito, pero muy de otra suerte que yo me lo había figurado: esta vista o conocimiento no pertenecía a los ojos corporales.

Capítulo XV

Del modo con que se halla en las criaturas, ya la verdad, ya la falsedad

21. De aquí pasé a considerar las criaturas y vi que todas os debían a Vos el ser que tienen, y que en Vos, que sois infinito, están todas las cosas finitas y limitadas, pero no con aquel modo de limitación que tienen ocupando lugar, sino en cuanto Vos contenéis todas las cosas con la mano de vuestra eterna verdad, y todas participan de ella y son verdaderas, en cuanto existen y tienen ser; ni consiste en otra cosa la falsedad sino en juzgar que tiene ser aquello que no lo tiene. También vi que todas las cosas no solamente estaban colocadas en sus propios y convenientes lugares, sino también en los tiempos que a todas respectivamente les correspondían. Y finalmente, advertí que Vos, Señor, que sólo sois el eterno, no comenzasteis la obra de vuestra creación después de pasados innumerables espacios de tiempos, porque antes bien, todos los tiempos que han pasado, y los que pasarán, ni hubieran podido pasar, ni hubieran podido venir, si Vos no hubierais hecho que llegaran y pasaran permaneciendo Vos eternamente.

Capítulo XVI

Que todas las criaturas son buenas, aunque algunas no son convenientes y acomodadas a otras

22. Después conocí claramente, y experimenté también, que no debía extrañarse que a un paladar enfermo le sea áspero y penoso el pan, que es delicioso y suave al que está sano, a la par que la   —145→   luz, que a los ojos enfermos es aborrecible, a los sanos es amable. También vuestra justicia es un atributo que desagrada a los inicuos y malos, y así no es mucho que les desagraden la víbora y el gusano, que Vos creasteis buenos, y son útiles y convenientes a esta parte inferior del universo, a la cual convienen y pertenecen juntamente los mismos inicuos y pecadores, cuanto más se alejan de vuestra semejanza, al paso que tanto más pertenecen y se adaptan a la superior clase de vuestras criaturas cuanto más semejantes se hicieren a Vos.

Busqué también entonces qué cosa era la maldad y no hallé que fuese sustancia alguna, sino un desorden de la voluntad que se aparta de la sustancia suma que sois Vos, Dios mío, y se ladea y une a las criaturas inferiores, que desecha y arroja todos sus bienes interiores y se muestra en lo exterior soberbia y orgullosa.

Capítulo XVII

De las cosas que nos impiden el conocer a Dios

23. Yo mismo me admiraba de que tan pronto hubiese podido amaros, en lugar de aquel fantasma que amaba antes teniéndole por Dios. Y no me detenía a gozar de aquel dios obra mía, sino que era arrebatado a Vos, con el poderoso atractivo de vuestra hermosura, pero luego era apartado de Vos por el peso y gravedad de mi miseria, y venía a caer gimiendo en estas cosas terrenas; este peso que así me precipitaba no era otra cosa sino la costumbre de seguir la carne y sangre. No obstante, os tenía presente en mi memoria, sin dudar de modo alguno que había y existía un sumo Bien, con quien debía unirme y estrecharme, al mismo tiempo que conocía que aún no estaba capaz de conseguirlo, porque este cuerpo corruptible comunica en cierto modo su pesadez al alma, por cuanto esta habitación terrena en que ella vive y obra, oprime y abate hacia lo terreno la potencia intelectiva, ocupándola con grande variedad de pensamientos. Estaba certísimo de que vuestras perfecciones y atributos, invisibles desde el principio del mundo, se descubren y manifiestan al entendimiento humano por medio de estas criaturas visibles que habéis hecho, por las cuales hasta se descubre vuestra sempiterna virtud y omnipotencia, y vuestra divinidad.

Porque indagando cuál era el principio y causa de que yo aprobase la hermosura de los cuerpos, ya sean los celestiales, ya los terrenos, y cuál era la regla por donde me guiaba cuando hacía un juicio recto y cabal de las cosas mudables, y decía: Esto está como debe ser, aquello no lo está, indagando, pues, cuál era la regla que me guiaba para formar aquel juicio, cuando juzgaba de aquel modo tan cabal y recto, hallé que el principio de juzgar con aquel acierto era la inconmutable y verdadera eternidad de la Verdad, que estaba sobre mi mente mudable.

Fui subiendo de grado en grado desde la consideración de los cuerpos a la del alma, que siente mediante el cuerpo; y desde ésta a su potencia o facultad interior, a la cual los sentidos corporales avisan y participan las cosas exteriores y todas aquellas percepciones hasta donde pueden llegar los irracionales; desde aquí fui subiendo   —146→   todavía a la facultad o potencia intelectiva, a la cual se presenta lo que han suministrado los sentidos corporales para que haga juicio de ello. Ésta, hallándose también mudable en mí, se levantó algo más para entender del modo que le es propio, apartó su pensamiento del modo con que acostumbra entender las demás cosas, desviándose de la multitud de fantasmas que se le oponían y estorbaban para llegar a saber qué luz era la que la alumbraba, cuando con toda certeza, y sin quedarle la menor duda, decía y vociferaba que el bien inconmutable se debe anteponer a todo lo mudable. ¿Y de dónde le venía la idea que tenía del mismo Ser inconmutable? Pues si de algún modo no le conociera, absolutamente sería imposible que con tanta certidumbre le antepusiese todo lo mudable. Llegó hasta lo que por sí mismo tiene ser, pero tan repentina y pasajeramente, como lo que se ve en un solo abrir y cerrar de ojos.

Entonces por medio de las cosas visibles que Vos habéis creado, vi con mi entendimiento vuestras perfecciones invisibles, pero no pude fijar en ellas mi atención, antes bien, deslumbrada la flaqueza de mi vista, y vuelto a mis acostumbrados modos de conocer y pensar, no llevaba conmigo sino la memoria, enamorada de lo que había descubierto y deseosa de aquel manjar delicioso cuya fragancia había percibido, pero que todavía no podía poseerlo ni gustarlo.

Capítulo XVIII

Que solamente Cristo Señor Nuestro es el camino que guía a la salud eterna

24. Buscaba entonces el camino de adquirir aquella robustez que es necesaria para gozar de Vos, y no podía hallarle hasta que me abrazase con Jesucristo, mediador entre Dios y los hombres, ensalzado sobre todas las criaturas y verdadero Dios bendito y alabado por todos los siglos, el cual me estaba llamando y diciendo: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Él es quien envolvió en carne aquel manjar, que por falta de fuerzas no podía yo comer, porque el Verbo eterno se hizo carne para que vuestra increada sabiduría, con que creasteis todas las cosas, pudiese ser alimento suavísimo y proporcionado a nuestra pequeñez e infancia. Pero como yo no era humilde, no me abrazaba con mi Señor Jesucristo, que se había humillado tanto, ni sabía yo qué virtud nos enseñaba vistiéndose de nuestra flaca y débil naturaleza.

Porque vuestro divino Verbo y verdad eterna, siendo infinitamente superior a la más noble porción de vuestras criaturas, levanta hasta sí mismo a los que se le humillan y sujetan; y acá abajo, en la inferior porción del universo, se dignó edificar para sí mismo una humilde casa de nuestro propio barro, para enseñar con el ejemplo de tan profundísima humildad que depusiesen su orgullo los que habían de ser sus súbditos y siervos, y que a fuer de humildes había de trasladarlos y ensalzarlos hasta sí mismo. Sanando en ellos la hinchazón de su soberbia, les inspiró su amor y caridad, para que la necia confianza en sí mismos no los apartase y llevase cada vez más lejos, antes bien reconociesen su bajeza, viendo a sus pies humillada   —147→   la Divinidad, por haber participado del traje tosco de nuestra naturaleza, para que en sus apuros y trabajos se arrojasen a los pies de Su Majestad humanada, que al exaltarse gloriosa los levantara del polvo de la tierra a la mayor altura.

Capítulo XIX

De lo que sentía Agustín acerca de la Encarnación de Cristo Señor Nuestro

25. No pensaba yo entonces estas cosas, sino otras muy distintas; y así de Jesucristo mi Salvador había formado el gran concepto que correspondía a un hombre de sabiduría tan excelente y superior que ninguno se le pudiese igualar, y principalmente me parecía que por haber nacido maravillosamente de una madre virgen, para enseñarnos con su ejemplo a despreciar los bienes temporales por conseguir los inmortales y eternos, cuidando tan extraordinaria y divinamente de nosotros, por eso había merecido tan grande autoridad en todo el mundo su enseñanza y magisterio. Por lo demás, ni siquiera llegaba a sospechar que hubiese algún misterio en aquellas palabras: El Verbo se hizo carne. Solamente por las cosas que de su vida andaban escritas, esto es, que había comido y bebido, dormido y paseado, que se había alegrado, entristecido y predicado, sacaba yo que no se había unido al Verbo la carne sola, sino juntamente con el alma y entendimiento humano. Esto lo conoce cualquiera que sabe la inmutabilidad de vuestro divino Verbo, como yo lo sabía entonces cuanto me era posible, ni tenía acerca de esto la duda más leve. Porque mover unas veces voluntariamente los miembros corporales y otras no moverlos, querer al presente una cosa y luego no quererla, proferir unas veces sentencias maravillosa y otras guardar mucho silencio, son cosas éstas propias de un alma y entendimiento mudables. Pues si todo esto se hubiera escrito falsamente del Verbo encarnado, todas las demás cosas se pudiera sospechar también que no eran verdaderas, y no quedaría cosa alguna digna de fe en todo el Evangelio, que es donde estriba la salud del género humano.

Pero como no se puede dudar que es cierto todo lo que allí está escrito, reconocía yo y confesaba en Cristo todo aquello de que consta un hombre verdadero, esto es, no solamente el cuerpo humano, o cuerpo y alma sin la parte intelectiva, sino uno y otro, y todo lo que es el hombre; mas juzgaba yo que ese mismo hombre, solamente por cierta grande singular excelencia con que estaba en él la naturaleza humana, y por su mayor y más perfecta participación de sabiduría, era preferido a todos los demás hombres, no por estar en él personalmente la Verdad eterna.

Al contrario, juzgaba Alipio que los católicos creían haberse Dios vestido de nuestra carne de tal modo que, además de la divinidad y de la carne, no hubiese en Cristo alma ni tampoco entendimiento humano. Y porque estaba convencido de que aquellas acciones que se refieren de Cristo no podían ejecutarse sino por alguna criatura viviente y racional, se detenía en abrazar la religión cristiana. Mas sabiendo después que esta doctrina que él juzgaba ser de los católicos   —148→   era el error de tos herejes sectarios de Apolinar70, se alegró y conformó con la creencia y fe católica.

Pero yo confieso que hasta después de pasado algún tiempo, no supe la diferencia que hay entre la verdad católica y la falsedad de Fotino71 acerca de la Encarnación de Cristo y de haberse tomado carne humana con el Verbo divino. Porque el desaprobar la doctrina de los herejes hace que resplandezca y sobresalga lo que enseña vuestra Iglesia y se sepa lo que es sana doctrina. Así es que conviene que haya herejías para que se descubran los probados y escogidos entré los que son flacos y vacilantes en la fe.

Capítulo XX

Cómo el haber manejado los libros platónicos le hizo a la verdad más instruido, pero también más soberbio

26. Había antes leído aquellos libros de los platónicos y excitado después con su leyenda a buscar la verdad incorpórea, llegué a descubrir y ver con el entendimiento vuestras perfecciones invisibles, por medio de estas obras que habíais hecho en el mundo. Deslumbrado y rebatido mi entendimiento con tan excesivo resplandor, conocí claramente que por las tinieblas que padecía mi alma no se me permitía contemplar luz tan divina, la cual, sin embargo, me dejó cerciorado y convencido de vuestra existencia y de que vuestro ser es infinito, sin que por eso estéis como extendido y derramado localmente por espacios finitos ni infinitos. También quedé certificado de que Vos sois el que verdaderamente existe y tiene un ser verdadero, porque siempre sois el mismo, sin que por parte ni afección alguna tengáis variedad, alteración o mudanza, y que todas las demás cosas han dimanado y procedido de Vos, costando esto certísimamente por sólo el documento irrefragable y firmísimo de que tienen ser.

Acerca de todas estas cosas estaba yo muy cierto, pero flaco y sin fuerzas para gozar de Vos. Hablaba mucho de ellas como si estuviera muy instruido, siendo así que si no buscara en Jesucristo, Señor y Salvador nuestro, el camino que nos guía y lleva a Vos, no sería yo instruido, sino destruido. Ello es que ya había comenzado a desear que me tuviesen por sabio, lleno de ignorancia, que es castigo de la culpa, y en lugar de llorar mi ignorancia, me desvanecía y ensoberbecía con mi afectada ciencia. Porque ¿adónde estaba entonces la caridad, que edifica sobre el fundamento de la humildad, que es Jesucristo? ¿O cuándo aquellos libros me la hubieran enseñado?

Yo me persuado que Vos quisisteis que leyese aquellos libros antes de las Sagradas Escrituras para que siempre me acordase de los afectos y disposiciones que habían causado en mi alma; y cuando después, con la lectura de vuestros Libros Santos, se amansase y humillase mi altanería y orgullo, y mis llagas se dejasen manosear de   —149→   vuestros dedos, que me las iban curando, supiese hacer diferencia y distinguir entre la presunción de filósofo y la confesión humilde de cristiano; y entre la ciencia de los filósofos, que ven y enseñan el fin adonde debemos caminar, pero no ven ni enseñan el camino, y la que nos muestra este camino, que nos guía y lleva a la patria bienaventurada, no solamente hasta llegar a verla, sino también a habitarla. Pues si primeramente me hubiera instruido en nuestras Santas Escrituras, y con su frecuente lectura me hubierais hecho participante de vuestra dulzura y después hubieran venido a mis manos aquellos libros, puede ser que me hubiesen apartado de los principios y sólidos cimientos de la piedad, o si perseveraba firmemente en el piadoso afecto que vuestros libros me hubiesen inspirado, acaso juzgara que si alguno leyera solamente aquéllos, pudiera también haber producido en él igual efecto.

Capítulo XXI

De lo que halló en los Libros Sagrados, que no halló en los platónicos

27. Así, tomé en mis manos con vivísimas ansias las Santas y venerables Escrituras, dictadas por vuestro divino Espíritu, y principalmente las cartas de San Pablo; y luego al punto se desvanecieron mis dudas y dificultades sobre la doctrina del Apóstol, la que antes me había parecido contradecirse en algunos pasajes, y que no concordaba con los textos de la Ley y de los Profetas. Entonces conocí que en todo el cuerpo de los Libros Santos era uno mismo el espíritu, y esto me enseñó a leerlos con alegría, mezclada de temor y de respeto. Al punto conocí que todas las verdades que yo había leído en otros libros se contenían en los vuestros y se comprendían con el auxilio de vuestra gracia, para que el que alcanzara a descubrirlas no se gloríe de haberlas por sí mismo alcanzado, ignorando que a la gracia que recibiera debe no solamente lo que ve y descubre, sino también el que descubra y vea, pues, como dice San Pablo: ¿qué tiene el hombre que no lo haya recibido? Y también para que sea amonestado y enseñado el hombre no sólo a poner su atención en Vos, que sois el mismo siempre, sino también a ser curado de sus llagas y llegar a poseeros.

Y el que por hallarse muy distante de Vos no puede alcanzar a veros, ande y camine la senda que conduce y guía a Vos, hasta que llegue, vea y os posea, pues aunque interiormente se deleita el hombre con la ley de Dios, ¿cómo podrá resistirse a la otra ley de su cuerpo, que se opone y contradice a la de su espíritu, y le tiene cautivo en la del pecado, la cual reside en los miembros de su mismo cuerpo? Eso mismo, Señor, nos hace ver que sois justo, porque nosotros hemos obrado mal y procedido inicuamente; y por eso la mano de vuestra justicia está sobre nosotros tan gravosa, y justamente nos ha entregado a las instigaciones del primer pecador entre todas las criaturas y principal autor de la muerte, quien persuadió a la voluntad humana que imitase su rebeldía, con que se separó de su verdad eterna.

Mas entonces, ¿qué ha de hacer el hombre en tan miserable estado? ¿Quién le libertará del cuerpo de esta muerte sino vuestra gracia, por los méritos de Jesucristo, Señor Nuestro, a quien engendrasteis coeterno a Vos, y en cuanto hombre le criasteis en tiempo y en el   —150→   principio de vuestros caminos, en el cual no halló el príncipe de este mundo cosa digna de muerte, y no obstante le quitó la vida, con cuyo enorme atentado se anuló y canceló la sentencia y escritura que a todos nos era contraria?

Nada de eso contenían aquellos libros platónicos. No se hallan en aquellas páginas expresiones de piedad, como lágrimas de compunción, sacrificio vuestro que consta de un espíritu abatido, corazón contrito y humillado, la salvación de vuestro pueblo, la Iglesia vuestra esposa, la celestial ciudad de Dios, las arras del Espíritu Santo y el cáliz de nuestra redención.

No se halla en aquellos libros el canto del Salmista, cuando dice: ¿No será justo que mi alma sirva y obedezca a Dios, pues de su divina mano ha de venir mi salud? Él es mi Dios y mi Salvador, es mi apoyo firme, de quien cosa ninguna me apartará eternamente. Tampoco se oye allí la voz de Jesucristo que nos llama y dice: Venid a Mí los que padecéis trabajos, porque se desdeñan de aprender de Él, que es manso y humilde de corazón. Porque ésta es una doctrina misteriosa que Vos habéis escondido a los sabios y prudentes del mundo, y la revelasteis a los humildes y pequeñuelos.

Es cosa muy diferente alcanzar a ver la patria de la paz desde la cumbre de un monte, sin descubrir empero el camino que conduce a ella, intentando vanamente llegar allá por extravíos y derrumbaderos, estando cercados por todas partes de los malignos espíritus, que siguiendo al dragón su príncipe, se ocupan en poner asechanzas a los viadores, y otra cosa es el conocer y andar el camino que guía a la misma patria, defendido por el cuidado y providencia del celestial Emperador, para que los rebeldes desertores de la milicia del cielo no hagan en él latrocinios, huyendo de él como de su pena y tormento.

Todas estas cosas se entraban a lo íntimo de mi alma con ciertos y varios modos admirables cuando yo leía a San Pablo, que se llama a sí mismo el mínimo de nuestros Apóstoles; y considerando lo maravilloso de vuestras obras, quedaba asombrado y como fuera de mí.


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📜 Biografía de San Agustín en Wikipedia


Confesiones de San Agustín – Índice de Libros

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